Por: Laura Landázuri
Siempre que hablo sobre mi experiencia lectora digo que no tuve acceso a los libros hasta ya estando en la preparatoria; sin embargo, sí que estuve acompañada por muchísimas narraciones orales: de mi mamá, de mi abuelita, de mis amigos del colegio, de maestras y vecinos.
Mi mamá siempre me contaba cuentos para dormir que me encantaban porque tomaba personajes conocidos como las princesas o la Chilindrina, pero se inventaba otras historias y eso me interesaba mucho, ya que aunque eran aquellos personajes que ya conocía sabía que las aventuras no se repetirían.
También escuchaba historias en la iglesia, sobre sanaciones, liberaciones y exorcismos, me daba miedo escucharlas, pero me intrigaban al mismo tiempo. Durante toda mi niñez la religión tuvo mucho protagonismo y de ahí también venían diversas historias que me fascinaban y atemorizaban.
Asimismo, en la escuela se contaban las clásicas historias, como que ese lugar había sido un cementerio o que había fetos enterrados en el patio o que en la bodega estaba la mano peluda; y así, con todo eso en la mente, con el miedo que nos producían, nos íbamos a explorar cada espacio. Era divertido y recuerdo haberlo disfrutado mucho.
De mi abuelita me gustaba escuchar su historia de amor, cómo se conocieron ella y mi abuelito y de sus citas románticas en el Paseo de Montejo. De mis tías y mi mamá sus aventuras en Cozumel con Andrés García mientras grababa una película, o aquella vez que se fueron en moto por las brechas y se encontraron con un toro. O la vez que del monte salió un oso hormiguero furioso, o cuando fueron al parque temático en Veracruz y la estatua de Blanca Nieves se movió.
Por otra parte, recuerdo que yo también era una contadora de historias; siempre que regresábamos a la escuela después de las vacaciones yo inventaba historias de viajes largos en lancha, de ballenas y criaturas marinas, de juegos en familia y obstáculos a vencer.
Muchísimas historias que estoy recordando ahora y que escuché hace ya varios años durante mi infancia y adolescencia me hacen pensar en que no me había puesto a reflexionar acerca de la importancia de la narración oral en mi vida, hoy me doy cuenta de cuántas historias escuché y conté.
Ahora llegamos a la preparatoria, donde por fin, pude acceder al mundo del libro impreso y:
Estoy en mi habitación, acostada en mi hamaca, cubierta con una sábana y ahí, debajo, estamos El amor en los tiempos del cólera y yo, solos.
Estoy muy emocionada porque es mi primer libro, porque me lo regaló mi maestro de Literatura, mi favorito por siempre: Jorge May, y porque en clase, cuando él nos leía fragmentos, yo veía esas escenas en mi mente como una película, aún recuerdo ese sublime final, lo imagino en color azul.
Acostada entonces, con el libro a punto de iniciar, me siento como si estuviera haciendo algo prohibido y no sé por qué, tal vez sea porque es algo totalmente nuevo para mí. Empiezo la lectura, una página, dos, tres y vuelvo a iniciar, avanzo, me gana el sueño y me duermo. Vuelve a ser noche, sólo leo por las noches, vuelvo a iniciar el libro, quiero saber toda la historia y al mismo tiempo no quiero avanzar, no quiero que termine, puedo vislumbrar el vacío y la soledad que me albergarán cuando eso suceda porque no tengo otro libro.
Entonces vuelvo iniciar, una y otra vez, avanzando y retrocediendo, hasta que ya no puedo aplazarlo más, necesito saber qué pasa, y aunque el final ya me lo sé, quiero llegar a él yo sola, descubrirlo por mí misma, dejándome llevar por las palabras y las frases de este libro que me parece maravilloso.
Por fin lo termino y sí, siento una euforia tremenda: mi primer libro leído. Pero también la nostalgia me invade, ¿qué haré?, ¿en dónde me esconderé ahora del mundo? Acudo a la biblioteca de la escuela, me paseo por los estantes y un libro llama mi atención, uno delgadito de lomo azul con negro. Lo tomo, lo saco de la fila de libros y miro la portada: dos chicas, una fotografía en blanco y negro, Respira de Anne-Sophie Brasme. Leo la sinopsis: “Respira es la cruda confesión de la joven Charlène Boher, que a los 17 años fue acusada de asesinar a su gran amiga”. Es todo, no necesito leer más, me lo llevo.
Tengo un libro para un nuevo viaje. A partir de este momento sé que no hay vuelta atrás: los libros me acompañarán durante toda mi vida.

Soy yucateca, mujer, madre, docente, mediadora de lectura. He volcado mis pensamientos en el papel, a veces publico en mi blog, he escrito un cuento infantil que he adaptado al Kamishibai y escribo mucho de lo que quisiera escribir pero muy poco desarrollando esas historias que deseo.

