Por: Susana del Ángel

Gracias a mi madre, poseo registros entrañables de mi pasado. Hay un audio en casette en el que narro un cuento que creé sobre el conejito que lleva en una canasta unas zanahorias y le dice a otro que está a la orilla del río que lo acompañe. Yo estaba mirando uno de mis libros para colorear. Tuvieron que pasar 30 años para reconocer que lo que yo hacía a los 4 años, era leer: leer imágenes. Siento mucha nostalgia cuando tengo flashazos de algunos otros libros de mi infancia. No recuerdo haberlos disfrutado cuando ya era parte de la cultura escrita, pero sus imágenes motivaban que las personitas, las vacas, las gallinas que se caían del camión que iba a la granja, dialogaran entre ellos.

Ya con más añitos, un día vi la película “Las Brujas” en uno de esos maratones de Canal 5. Mi sorpresa fue enorme cuando mi mamá llegó a casa con el libro de Roal Dahl. ¿Cómo eso era posible? ¿Quién le había copiado a quién? En mi cabeza colapsaban 3 universos: el de las imágenes de la película con Olivia Houston como la bruja mayor, las ilustraciones del libro realizadas por Quentin Blake, y mi propia versión de los personajes nacida a partir de la lectura de las letras del libro. No dudé en prestarle el libro a mi prima: “¡Tienes que leerlo! ¡Es de nuestra película favorita!” Recuerdo clarito que su falta de interés me decepcionó. Aceptó el libro, pero años después me lo devolvió sin comentarios. La pubertad nos había alcanzado.

Estoy segura de que, gracias a un descuido de mis padres, una noche vi en la tele “Como agua para chocolate”. Sentí un morbo tremendo. La película me pareció larguísima y le entendí muy poco, pero haberla visto era de los primeros secretos que tenía conmigo misma.

Mis visitas a la biblioteca del pueblo eran con el único objetivo de consultar enciclopedias para escribir en mis trabajos información distinta a la contenida en las planillas y biografías que mis papás vendían en la papelería, y que todas mis compañeras compraban y copiaban en sus cuadernos. A pesar de que mi madre tenía un gran librero, en él solamente reconocía dos libros como familiares: uno del Quijote de la Mancha en el que al fin podía leer las primeras líneas que mi mamá me había hecho memorizar desde antes de ir al kínder, y uno que se llamaba algo “del ser” con un torso desnudo en la portada. Quizá por aquel librero inmóvil de mi casa sentí curiosidad y me puse a manosear otros libros en la biblioteca. Y ahí encontré el libro de “Como agua para chocolate”. No lo podía creer. De nueva cuenta, estaba pasando. Las películas tenían libros en los que podía leer y releer hasta el éxtasis de la morbosidad de mis 11 años las escenas cachondas. De ahí me seguí con “Eva Luna”, “Los cuentos de Eva Luna” y “Arráncame la vida”.

Tenía menos de 14 años entonces. La vida me alejó de aquellas historias porque ahora era momento de crear las mías propias. ¡Y qué historias! Fue hasta la última etapa de mi preparatoria que volví a conectar con la literatura a través de García Márquez y de nuevo con Isabel Allende.

Cuando me volví maestra de Español y guía de Taller de fomento a la lectura en una secundaria, me volqué hacia la LIJ. Conocí el universo de Toño Malpica y ahí me quedé. Intenté leer para mí, pero me urgía encontrar textos para mis estudiantes. Mi vida personal de nuevo estaba escribiendo una historia de desamor más realista que mágico, y no tenía tiempo ni interés para conocer a nuevas autoras.

A Toño y a su saga de El libro de los héroes le debo mi primera y más entrañable experiencia de lectura acompañada: yo era mamá de un Nico de 11 años, que aceptó leer a la par conmigo “Siete esqueletos decapitados”. Nos turnábamos el libro prometiéndonos no pasarnos de la meta común. Devoramos el libro y pasamos al segundo. Esperamos con ansias el tercero, el cuarto, y vivimos la sosobra del quinto y último. Esa saga nos acompañó a Nico y a mí durante muchos y valiosos años de su adolescencia. La tuvimos como tema en común. Es uno de los regalos más valiosos que la literatura me ha dado, y que atesoro en mi corazón.

Durante años me quedé ahí. En esa comodidad lectora. Hasta que me volví mamá de Luna, y llegó el momento de conocer libros infantiles. Me volví mediadora de lectura, y descubrí muchas historias. Aún sin poner mucha atención era evidente que, por cada libro escrito por una autora, había cinco más de autores muertos y vivos, buenos y horrendos, clásicos y contemporáneos. Una barbaridad.

Como parte de un proyecto de SEMUJERES abrí un círculo de lectoras que, con el paso de las sesiones se consolidó como un grupo de tres (dos chicas y yo). Nunca había sido parte de un círculo de lectura, y ahora debía liderar uno. Solamente contaba con mi basta experiencia con adolescentes, así que el primer libro que propuse leer fue “Aura” (que había leído infinidad de veces en distintos ciclos escolares con 3º de secundaria). Pero algo me iluminó: este era MI espacio, no era la escuela. No tenía que cubrir ninguna cuota de “clásicos”. En mi acervo de Salas de Lectura encontré tres libros de Voces del pueblo escritos por mujeres, y trabajamos con ellos. Luego comenzamos a leer “Como agua para chocolate”. El círculo desde el inicio estuvo planeado exclusivamente para mujeres; así que me emocionó descubrir que hacia allá podría dirigirlo: mujeres leyendo a mujeres. Al final del proyecto nos sentamos las tres, y planeamos con horizontalidad el futuro de este círculo (que era más bien un triángulo) en modalidad virtual. Nos propusimos comenzar leyendo a las autoras que llegarían a la FILEY, pero conocimos a Liliana Blum y nos casamos con ella. Cuando real y personalmente la conocimos en la Feria, alucinamos. El Triángulo Lavanda estaba naciendo.

Después de dos meses, Gloria y yo nos desentendimos un poco del proyecto. Y Jenny, sin chistar, lo mantuvo creciendo. Hoy en día es un círculo de lectura super sólido, con participantas que se conectan cada miércoles desde distintos lugares del mundo a leer AUTORAS. Además, Jenny es una gestora increíble que contacta a las autoras para reunirnos con ellas al final de la lectura de su libro.

De esta forma, la lectura se ha transformado en mi vida. Difícilmente leo “sola”. Hoy tengo compañeras de lectura con quien chismear sobre lo que leemos. Mi amiga Ale de Puebla me recomienda libros que siempre me fascinan – aunque no siempre ocurra al revés. Admirar y querer a mujeres a quienes no conozco personalmente, también ha sido un gran descubrimiento. Las letras, las autoras, las historias, nos unen a través de la vulnerabilidad que queda expuesta al leer y rascarnos las heridas. Eso nos da la escritura de mujeres.

Hoy veo el universo de comunidades lectoras de mujeres leyendo a mujeres, y me conmueve un montón haber descubierto este mundo. La adolescenta que fui está hoy feliz de poder platicar sobre lo que piensa y siente gracias a lo que lee.

 Yucateca nacida en el viejito D.F.

 Me estoy terminando de convencer   de que la escritura es una parte fundamental de mi vida, así que   todos  los días me agarro de las   greñas con la voz cruel que vive en   mí, y la mayor parte de las veces   salgo triunfante. Es cuando – como   hoy – escribo.

Soy mamá de Nico, de 25, y de Luna: una niña de 6 años que no hace más que empujarme a mirar el mundo con rabiosos, indignados y violetas ojos.

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