Por: Diana Hernández

Una montaña.

Una poderosa y altiva montaña.

Formada de tristezas y alegrías,

los caminos trazados de cicatrices,

montículos de sonrisas.

Una montaña.

El ocaso no me asusta,

sólo es la promesa de un mañana.

Elijo a la oscuridad y la soledad

como mis amigas.

En el silencio nocturno

se enciende mi voz interior

ecos que resuenan en mis sueños.

Una montaña.

Dura e impenetrable,

que venga el vendaval

para mecernos juntas,

bailar como loca, furiosa,

y luego, reír mientras recojo mis piezas

y las uso de coraza.

Una montaña.

Tan fuerte y tan feliz ahora,

desde arriba ya no miro mis cimientos,

tan lejanos, tan pequeños.

Una montaña.

La lluvia.

Una montaña que teme la lluvia,

porque me deslava,

porque me destroza,

porque se transforma en río que arrasa,

y se lleva mi silencio y mi risa,

mis caminos y mis montes,

deshace mi dureza y me hace maleable.

Y yo soy una montaña.

una montaña.

una montaña.

una montaña.

una montaña con un profundo manantial interno.

Nació en la CDMX. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha publicado sus historias en las espacias de Sonámbula y Especulativas; así como en las revistas digitales Tiempo UAM y Condominia. Este año ganó la Mención Honorífica del Concurso de Cuento Satírico “Gonzalo Martré” con el cuento “Miel y Mariposas”. A veces se le enredan los sueños con la realidad y aprovecha para sacar sus traumas, entonces escribe.

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