Por: Ruby Michelle

—¿Por qué te gusta eso? ¿Qué no tienes algo más que hacer? Ya sé, voy a hacer a tu libro más divertido, ¡voy a hacerlo volar de aquí a la asta!

Recuerdo una constante en mis primeros años escolares: eran burlas sobre mí, y de los gustos que tenía. Recuerdo como esos infantes crueles me hacían bromas, se reían de mí, me robaban mis trabajos y jugaban con mis cosas. Entre sus aficiones estaba aventar mis discos de música “desconocida” y quitarme los libros que llevaba en la mano. Creo que ser una niña que vivió acoso escolar y de la que su familia siempre se mofaba me volvió muy solitaria pero también hizo que me refugiara en diferentes artes: la música fue la que me llevó a la literatura.

Tengo grabada en mi mente la primera vez que quise leer un libro por interés propio, fue por la canción de “Las batallas”. Le puse atención a la letra y quedé fascinada con lo que me transmitía, luego de repetirla mil veces la investigué en internet y supe que estaba basada en un libro.

En ese tiempo yo acudía los fines de semana a leer la biblia con un grupo de mujeres que le dedicaban su vida a dios y a difundir la religión católica pero que no eran sacerdotes sino monjas. Había una de ellas que era muy joven, madre Susana, y con la que analizábamos los diferentes libros del antiguo y del nuevo testamento. Ella escribía, pero en canciones y las interpretaba con su guitarra. A ella le conté que deseaba leer ese libro y fue ella quien me lo prestó. Recuerdo que lo leí de una sentada, porque es muy corto, y cómo me hizo llorar pese a que no estoy segura de haberlo comprendido del todo. Recuerdo que la madre Susana me cambió por completo con ese acto.

Creo que esa sensación fue tan significativa y cada que volvía a algún libro esperaba esa misma intensidad solo que las lecturas de la escuela no estaban ni cerca de provocármelo. Así es como era la única de mi salón usando la pequeña biblioteca de mi primaria, que era solo un estante, y estaba eligiendo lo que a mí me llamaba la atención.

Después, en la secundaria, tuve la suerte de encontrar más compañeras y compañeros con los que empataba mejor y eso hizo que dejara a un lado el leer tanto. Ya pasaba tiempo en la calle, platicando de lo que nos sucedía a cada quien en nuestras vidas o de la escuela; me sentía muy contenta de pertenecer por primera vez. Aunque después me rompieron el corazón y terminé aislándome de nuevo. Entonces la literatura volvió para curarme, pero esta vez ya no fue solo la lectura la que me sanó pues venía acompañada de amigas. Con ellas veía películas, leíamos los mismos libros, pero además las tres nos pusimos a escribir y nos leíamos entre nosotras. Gracias a eso no me hundí en el amor romántico adolescente ni me perdí en la traición de mis ex compañeros. Fue un respiro precioso junto a mis amigas.

En los siguientes años comencé a soñar con ser escritora y artista. Me acerque más a mis maestras que estimulaban esas ganas. Ellas también me abrazaron con esos anhelos. Igual me uní a un taller de escritura creativa con quienes en ese momento me volví muy a fin. Y pese a que me sentía apoyada me saboteaba porque prefería no presentar mis textos.

Después conforme fui creciendo las exigencias académicas, las responsabilidades en mi familia y en casa, el trabajo, la necesidad de ganar dinero, el sistema capitalista, patriarcal y misógino, esa productividad que te venden y las expectativas neurotípicas me hicieron perder ese ímpetu no únicamente en la lectura sino en muchos aspectos de mi vida llegando a afectar hasta mi cuidado personal. Igual creció una presión por leer más y más que me llegó a abrumar. Era mi mente diciéndome que no hacía lo suficiente y que no era lo suficiente capaz. Entonces solo volvía esporádicamente a conectar con la lectura.

Aquí es donde debo confesar que en algunos puntos de mi vida me llegó a parecer tan demandante que era un sube y baja de atención es decir por lapsos podía ser una lectora voraz; dejaba de comer o postergaba mis tareas diarias con tal de terminar lo que leía a pasar meses sin poder terminar un libro pese a que consideraba que amaba la lectura y yo no me sentía bien con ninguna de esas dos formas de ser lectora. Y así fueron los años de universidad pues ya solo leía lo que me dejaban en la carrera de artes, aunque se intensificó cuando comencé a trabajar y eso me generó mucha culpa porque ¿entonces cómo podía decir amarlo, entonces como iba a ser escritora, como podía nombrarme lectora?

En esos tiempos ya no me sentía como esa niña que se resguardaba en los libros porque el mandato del sistema me parecía tan agotador que me era tan complicado. No terminé de recuperarme de esa depresión que me causó la competencia, el compararme, el no identificarme con nadie hasta que me entendí como neurodivergente alcance alternativas para encontrar la manera propia de hacer mi vida. Hasta ese momento es cuando firmemente comencé a leer más mujeres y autoras feministas que me llevaron poco a poco a irme despojando de esos pensamientos, a respetar mi forma propia y distinta de ser lectora, y sobre todo de ser yo misma. Conocí la importancia de leer a mujeres porque con ellas me sentía realmente identificada y acompañada.

Siempre me percibí como una mujer que resistía y quería en esos momentos tan difíciles seguir resistiendo y nunca me rendí, solamente quería dejar de sobrevivir. Sentía que esa misma sobrevivencia estaba en todas las áreas de mi vida. Ya no quería solo leer en crisis, quería volver a disfrutar la lectura.

Ahora puedo decir que queda mucha lucha, pero que he adquirido muchas herramientas para tener mis propias formas de llevar la vida; para identificar lo que me hace daño, en donde no estoy bien y buscar un equilibrio.  He aprendido a llevar mis propios procesos y ritmos.  Soy más sensata y acepto que soy una persona, una mente distinta y sensible. El abrazar quien soy me está llevando a muchos lados en mi vida y en el arte. En este momento no soy la lectora que siempre quise ser, pero soy la lectora diferente que soy y eso es lo más valioso, sincero y auténtico.

Soy Ruby Michelle, nacida en 1997 en la entrañable y caótica Ciudad de México. Vivo para crear: el arte es mi forma de habitar el mundo. Transito entre la actuación, el arte visual y la música, pero la escritura me acompaña desde siempre. Creo profundamente en el poder transformador de las palabras.

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