Por: Susana Cavelz

La manzana adentro es mía.
Solo mía.

Y la ropa seca, y el café tibio.
En la noche, en la mañana…
los minutos que me tardo preparando la maleta
son un tiempo delicioso porque es egoísta.
Todo dentro es mío, así como yo me pertenezco.

Llego: el silencio de la soledad acompañada.
Transiciono con el agua fría sobre mi cuerpo
antes del brinco definitivo a la calidez.

He descubierto que estar debajo del agua,
conmigo misma y con mis pensamientos,
es vivir en otra dimensión.
Cual ballena, con toda mi grandeza,
me asomo al mundo terrenal solamente a respirar
para inmediatamente volver a mi mezquina liquidez.

Mis brazos no pesan.
Mis piernas no pesan.
Soy una recién nacida deslizándose por el canal de parto
cada que abro el agua para atravesarla.
Así nazco.
Nazco muchas veces cada mañana.

Regreso a la realidad con otra lluvia helada.
Mis manos recorren mi cuerpo desnudo diciéndome:
“Regresa, reencarna, hay que ir al súper”.

Y así, todos los días,
entre el mundo etéreo submarino
y el mundo vano de la cotidianidad.

Yucateca nacida en el viejito D.F.

Me estoy terminando de convencer de que la escritura es una parte fundamental de mi vida, así que todos los días me agarro de las greñas con la voz cruel que vive en mí, y la mayor parte de las veces salgo triunfante. Es cuando – como hoy – escribo.

Soy mamá de Nico, de 25, y de Luna: una niña de 6 años que no hace más que empujarme a mirar el mundo con rabiosos, indignados y violetas ojos.

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