Por: Yeiri Farias
Con el peso de todas las chucherías y necesidades que cargo, mi bolso se desliza bajando por mi hombro. Lo detengo con mi mano opuesta, mientras me apresuro en camino a la universidad.
Es viernes de pasar a la biblioteca después de clases. Mi día favorito, en el cual mezclo mi actividad favorita. En el frío invierno, veo mi aliento convertirse en vapor y avanzo más rápido. Mientras camino, me imagino que la bibliotecaria ya debió haber cambiado los libros en exhibición al frente, y me emociono por ver los libros navideños y de temporada.
Rodeada del calorcito de la biblioteca llena de estudiantes, con el olor a café coqueteando con mis sentidos, cargo los libros que tome prestados y me encamino a mi casa. Últimamente, la distracción de la lectura es lo que tengo, cuando siento que no tengo nada más.
Con pasos rápidos sobre la banqueta gris, memorias de mi yo anterior giran como remolinos en mi cabeza. Me siento adulta, sé que soy una persona adulta, pero hay momentos que me hacen sentir que una vez más tengo tres años, siete años, veinticinco años. ¿Cuántas versiones de mí hay allá fuera, en la línea temporal, atascadas en tragedia? Entre los ruidos de la ciudad y olores a comida de los restaurantes cercanos, trato de recordar a mi padre, sentado en el piso de la sala de nuestra casa. Después de una jornada de doce horas, nos reuníamos para que me enseñara a leer. Tardes y noches de su voz, repitiendo: “la p con la a dice pa, la t con la o dice to”. Una y otra vez, hasta que llegó el día en que pude decirme eso a mí misma mientras trataba de leer un libro de fabulas. Él se sorprendió al llegar del trabajo, sudado después de haber caminado desde la parada del autobús unas calles al sur de nuestra casa. Creí que me preguntaría por qué no lo había esperado, pero simplemente se sentó en el sofá y me pidió que le leyera mientras se dormía un ratito.
Mi bufanda no es suficientemente gruesa para cubrirme del viento que me muerde la piel y me entume los pies, pero, en vez de precipitarme, sigo tomando los recuerdos que mi mente me está sirviendo. En mis recuerdos tengo siete años, y estoy sentada en la esquina de mi cama, con la espalda contra la pared, tratando de leer una revista de historia.
Desde mi rinconcito, podía escuchar a familiares rezar y llorarle a mi padre. Mi primer novenario. Y la primera vez que la lectura me sirvió como refugio para no enloquecer, para sentirme enraizada en lugar de correr hasta donde me llevaran mis pies. ¿Cuánta protección me pudo haber dado una revista? La suficiente, ahora me doy cuenta de que, si estaba entretenida con mi lectura, podría desenredar los sentimientos y acomodarlos después.
Mis llaves… ¿Dónde están mis llaves en esta bolsa llena de papelitos, labiales, y lapiceras? Finalmente puedo abrir la puerta y pasar a la calidez de mi hogar. Mi refugio.
De los libros que me llamaron la atención en la biblioteca, decidí traerme solo tres: dos novelas y una colección de historias cortas. Necesito la distracción, pero tampoco quiero descuidar mi hogar ni descuidarme a mí. Si leo mucho, me he dado cuenta, hasta se me olvida que día es.
Tengo veinticinco años y decido ignorar que ahora es mi abuelo quien me hace falta. No puedes seguir ignorando tus emociones, la voz de mi terapeuta resuena en mi mente —que ya no me está tratando de emborrachar con recuerdos, sino con la realidad del presente—. No los ignoro, los siento demasiado; necesito una distracción, un paseo a un lugar ficticio. La voz de mi abuelo me sigue mientras acomodo mis visitantes literarios en la mesita de centro. Tú y tus libros, hija, ah, qué caray. Qué bueno que te gusta estar tranquila leyendo.
Abro el primer libro, la tinta en el papel amarillento calmándome instantáneamente, ayudándome a que mis manos dejen de temblar (por el frío, por tristeza embotellada, yo no sé). Una vez más, me permito usar un libro como escudo contra los malestares de la existencia mortal. Mientras leo, quiero desenredar lo que he estado sintiendo y acomodar todos los sentimientos que se quieren desbordar en estos momentos. Mientras leo, una vez más tengo tres años, siete años, veinticinco años. Soy diferentes personas y soy la misma mujer, entrelazada en mis líneas temporales.
Yeiri Farias, Soy una escritora de diferentes géneros literarios, desde terror hasta incluso poesía. Mis trabajos han sido publicados en revistas como Furrow (Universidad de Wisconsin-Milwaukee), Micromance, y otras. Además de ser escritora, soy la fundadora de la revista Abundance. Puedes seguirme en instagram @yeirifarias.writes

Soy una escritora de diferentes géneros literarios, desde terror hasta incluso poesía. Mis trabajos han sido publicados en revistas como Furrow (Universidad de Wisconsin-Milwaukee), Micromance, y otras. Ademas de ser escritora, soy la fundadora de la revista Abundance. Puedes seguirme en instagram @yeirifarias.writes.

