Por: Scarlet Sierra Guerra
Recuerdo que, desde niña, era muy introvertida, siempre hundida en mis imaginaciones, mis pensamientos y anhelos, a lo mejor aquello podía incomodar a quienes estaban a mi alrededor, pero lo cierto es que me comunicaba mejor con los gatos, aquellos seres juiciosos y respetuosos de la personalidad de uno.
Lo que más necesitamos de pequeños es amor, comprensión: que nos hagan saber que valemos mucho, que somos bonitos y buenas personas; pero a veces ocurre todo lo contrario. Con palabras y actitudes merman la incipiente autoestima; el no aceptar que uno es diferente, pero que aún sigue siendo un ser humano, puede resultar en ciertos conflictos escabrosos. Por ello, las benditas relaciones sociales siempre se me hacían tan complicadas que debo confesar que los libros hablaban por mí. ¡Sí, qué cobardía la mía! Los utilizaba a mi conveniencia.
Yo carecía de personalidad y energía para exteriorizar mis formas, pero los libros conquistaban a las amistades, a la familia, al universo entero. Era y es mi refugio silvestre, un escondite saludable donde imagino un bosque de geranios contándome variedad de emociones. Es una amiga que me salvó de las múltiples adicciones, la que entendía mi solitaria amargura, y que con su compañía muda logró sacarme del sótano donde me hundía. Cada vez que sentía que el mundo estallaba por encima de mis cabellos acudía a ella para protegerme y sumergirme en sus locas aventuras. Es silvestre porque nació genuina, sin los estudios esperados, en los prados abandonados, como crecen las rosas y retamas, sin cuidados, sin cariños, sin la dulzura de una madre y un padre, más con la compañía firme del horizonte, del sol y del tiempo. Es silvestre porque es valiente como “Los geranios de mi tierra”, aquel poema maravilloso del escritor mexicano Isidro Favela, es como una roca, terca antes los infortunios y tierna como el pelaje de los felinos. Yo no lo sabía por supuesto, pero uno de los grandes refugios para escapar de mi realidad tan desoladora sería los pensamientos de otros, los sueños de otros que pronto serían los míos.
Uno de los primeros textos que llegó a mis manos mediante la escuela fue El Lazarillo de Tormes, ¡bah, qué lectura por dios! recuerdo que con 11 años primaverales tenía que exponer su resumen, se me hizo tan complicado hasta acudí a una vecina para ayudarme, años después lo volví a releer y quedé fascinada y conmovida con las locas desventuras del pequeño. El siguiente texto es muy especial y siempre que he tenido la oportunidad lo he mencionado con ternura, con El Paraíso en la otra esquina de Mario Vargas Llosa, se abrió un universo desconocido de grandes disputas políticas, pictóricas y sexuales, con él reí, lloré, amé, reflexioné y descubrí a dos personajes que no sabía que eran famosos a nivel mundial y lo mejor que eran peruanos. Ya saben todo comenzó en la escuela, así como por obligación y pues conocer a Flora Tristán, Paul Gauguín y mediante él a Vincent Van Gogh, fue una cosa estupenda, sus caminos se enlazarían con los míos sin saberlo. Quién diría que años después yo sería una activista política como Flora y con una gran inclinación por la pintura como Paul. Aún me emociono como una niña cuando lo leo de nuevo y veo los trazos en ese libro de tapa azul. Después llegaron más textos por supuesto. Pero a veces el amor impuesto no es lo mejor, si no cuando los elijes, donde no hay lazos de sangre que te encadenen a su presencia. Elegí a El retrato de Dorian Gray por un valor ínfimo, ¡qué magnífica lectura! llena de complejidades, discusiones existenciales, me sentía tan extraña, así como cuando leí Niebla del gran Miguel de Unamuno; empecé a actuar como aquellos personajes y es más soy como uno de ellos o todos, quien sabe.
Hoy disfruto mucho escribir y leer, desde mi escondite ubicado en el corazón de los Andes peruanos, resido en el precioso “Macondo” andino, en el vallecito de tejitas huamanguinas cultivando mis geranios. Aunque mi pueblo es valiente como un pelargonio ha sido maltratado a lo largo de estos años.
La perturbación asesina asomó nuevamente hace tres años a mi querido Ayacucho, masacrado por politiqueros y militares que decían protegernos, con saldos de muertos, heridos, detenidos y perseguidos. Como siempre sucede en los pueblitos de América Latina, y en cualquier comarca del mundo, madres y padres buscando a sus hijos desaparecidos frente a gobiernos indolentes.
Por tal razón participamos activamente en las manifestaciones exigiendo justicia por ellos, por nosotros y por los que vendrán. La forma más sana de desfogar esta impotencia, dolor y frustración frente a los resultados inconformes, fue escribiendo poesía, un camino que nunca imaginé caminarlo. Es cierto cuando dicen que los poemas no solucionan los problemas, pero vaya que son el vehículo perfecto contra el pesimismo, la desesperanza y las dudas existenciales. Es falso cuando dicen que no te alimenta, es que debieron especificar, no es un alimento para el cuerpo sino para el espíritu. Gracias a ese espíritu es que seguimos vivos y con ilusiones.
Finalizo mi camino contando que gracias a la lectura viajo por realidades extremas y culturas fascinantes. Un día puedo estar sentada en las pirámides del dromedario viendo correr a mi destino en el Sahara, vestida como Jade, personaje icónico de la novela El Clon; y al otro día puedo estar azulado de los dolores combativos de Frida Kahlo. Converso en mis sueños con mis poetas predilectos como Elena Garro, Javier Heraud o el gran Roque Dalton, sus voces permanecen tan vigentes, inquebrantables y resistentes como los muros del Machu Picchu imponente
¡Saludos fraternos!

Soy Scarlet Sierra Guerra, de Ayacucho, Perú, escritora, artista plástica, actriz de teatro y activista política.

