Por: Irais Vazquez

A la sombra de un pirul, un montón de niños y niñas abandonan la realidad del mundo para sumergirse en la fascinante utopía de la imaginación. De una vieja vitrina de latón han hecho una estufa de mentiras, con repisas para los platitos de plástico y las cucharas desechables reutilizadas. Una lámina de metal, sobrepuesta a un par de llantas de caucho viejas, hace de mesa de comedor. A espaldas de los adultos, entretenidos en sus festividades, contrabandean agua del tanque del lavadero en botellas de refresco vacías. Al desparramar el agua sobre el suelo, a los pies del pirul, se obtiene el ingrediente esencial de las que serán sus mayores proezas culinarias: pastelitos de lodo. Sin tomar en cuenta el estado de sus vestidos primaverales, las niñas se apuran en la labor de decorar sus pastelitos con las hojas y las semillas del pirul. Mientras que los niños, con las camisas desfajadas y los zapatos raspados, se trepan a las ramas para clavar tablas que serán los dormitorios. El gran pirul en la casa de la abuela es el escenario perfecto para la teatralidad del mundo que aquellas mentes infantiles crean con solo un poco de imaginación.

Las horas se pasan rápido y prontamente cada uno es llamado para ir a la cama. Sin protesta, dejan lo construido para resumir actividades al día siguiente, pues apenas es el primer día del fin de semana vacacional. Al otro día, no solamente continúan el juego como si no hubiese tenido pausa, sino que pasan aún más tiempo ideando cómo convertir chácharas de la basura en nuevos utensilios para su hogar. La diversión no tiene límite, y hasta ese momento también parece no tener fin. Cuando una de las tías trae gajos de naranja, todos se amontonan alrededor de ella, restregándose los dedos en la ropa para quitar los vestigios de lodo y tomar su bocadito. La brisa primaveral parece tener a todos los adultos de buen humor, riendo y disfrutando de los días libres que les da la Semana Santa.

Al tercer día, sin embargo, algunos empiezan a hacer las maletas. Un par de familias comienzan el trayecto de regreso a casa temprano por la mañana, porque aunque los niños tienen una semana más de vacaciones, los adultos tienen que volver puntuales el lunes por la mañana. Los que viven cerca esperan hasta mucho más tarde para despedirse, pero eventualmente inician su partida antes de anochecer. Poco a poco, los niños que montaron su casita a las faldas del pirul van diciendo sus adioses, prometiendo volver en las vacaciones de verano. Casi todos menos dos. Las dos pequeñas restantes ven a sus padres marchar con la excusa de un trabajo de último momento, y se van a la cama en casa de la abuela sin protestar ni patalear.

El lunes temprano vuelven al árbol, juguetean un rato, pero pierden el interés al ver su multitud reducida a la habitual compañía mutua. La más pequeña, con apenas ocho años, usa el lienzo de tierra para dibujar garabatos, mientras que la mayor, con once, sube a las ramas del pirul para comenzar la lectura que le fue asignada para las vacaciones. El furor y el frenesí de la celebración se han desvanecido, y han dejado atrás la fatuidad de dos niñas traspapeladas en los problemas de los adultos. Antes de terminar el día les informan que pasarán el resto de la semana libre en casa de la abuela. La tía, malhumorada por la noticia, desahoga su frustración con ellas al notar sus ropas cubiertas de tierra, las hace entrar a la ducha inmediatamente y las manda a la cama a las carreras.

Los días siguientes pasan más o menos igual, la niña chiquita juega, experimenta, aprende, mientras que la más grande lee aquel libro asignado: Donde Habitan los Ángeles, escrito por Claudia Celis. Las palabras de la autora poco a poco permean en el alma de aquella niña, generando sentimientos y construyendo conclusiones. La niña grande ve su propia vida reflejada en aquella historia, con lujo de detalle siente los pesares del protagonista y compara su propia realidad con aquella obra de ficción. Entre las ramas del pirul, comienza a sentir el peso de su soledad sobre sus hombros, tan vivo que teme que la haga caer. Es consciente de la propia soledad de su hermana pequeña y de cómo ambas confluyen armoniosamente en una compañía que solo ellas pueden entender. En las líneas de aquel libro, la niña grande encuentra la revelación de su propia existencia y llora sobre las páginas las lágrimas que contiene por las noches para que su hermana no las escuche. Cuando la tía pregunta, ella dice que es porque la historia del libro la ha conmovido, sin confiar en que, más que entenderla, la vive.

Al finalizar la semana, las niñas esperan desde la mañana con las maletas listas para regresar a casa, pero los padres no llegan hasta ya entrada la noche, de mal humor y sin hablarse entre ellos. La alegría y diversión bajo el pirul se han desvanecido y han dejado en su lugar la desolación propia de la ausencia. Faltan los niños, faltan los pasteles de lodo, pero sobre todo falta la esperanza. En solo unos días, la niña grande ha crecido lo de un año. En las reflexiones nocturnas de su lectura encuentra una madurez precipitada y una alteración permanente de la realidad. Lo oculta de su hermanita, con la intención de que ella no pierda la magia, de que ella vuelva al pirul al año entrante a imaginar una vida que no es la suya. La niña grande vuelve a la escuela el lunes por la mañana, con la noticia de que seguirá volviendo a la casa de la abuela cada tarde hasta terminar el ciclo. En el recreo se encamina hasta la biblioteca, en busca de más palabras, otra historia que le ayude a entender su realidad y sus sentimientos. Se prepara para ahogarse en un mundo en que las líneas de un libro le darán la excusa perfecta para desahogar sus pesares cuando vuelva esa tarde al pirul, sin alertar a su hermana de la cruda realidad de su mundo.

Originaria de Pachuca, vivo en Sasebo, Japón. Contadora de profesión, pero escribo como pasatiempo desde los quince años. Mi narración “Forjado a mano” fue publicada en la revista literaria Hispanic Culture Review, editada por la George Mason University en Virginia, EE. UU. Mi cuento “Una Gigante Inmutable” obtuvo el primer lugar en el certamen Hidalgo en Tintas en 2019. Mi relato “Llegar a casa” fue publicado en la antología Ir y Venir 2021 de la Secretaría de Transporte de Zapopan.

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