Por: Anilú Zavala Alonso
Trazar líneas y acercamientos a la historia de nuestras lecturas puede estar lleno de lugares comunes.
Desde niña me gustó leer, y como muchas cosas en mi vida, la cantidad de libros en mi casa no era ni tan tan ni muy muy. No teníamos una gran biblioteca, pero sí había libros suficientes para encontrarse en ellos. Quizá no eran muy literarios: mis papás pertenecieron a la generación de los atlas y las enciclopedias, de los diccionarios y los coleccionables de clásicos de la literatura —un rasgo baby boomer de muchas familias que aspiraban a “la cultura”—. Así que los libros en mi casa tenían un arrimo al conocimiento general. Pasé muchas horas indagando de temas universales a lo largo de varios tomos. Los diccionarios me fascinaban, así que durante toda la infancia pasé largas horas hundiendo la nariz en las definiciones.
También recuerdo que la poesía me atrapó. La leí primero en los libros de texto y después en una colección de cuatro tomos de color blanco del Selecciones del Readers Digest que aún existe en el librero familiar. La musicalidad me cautivó. Incluso ahora reconozco las armonías en las narrativas y me siguen hechizando. Después aprendí a reconocer el tempo, el compás de cada letra unida a otra, en las palabras que pulsan, que ritman, que cadencian.
Leer te lleva a otros mundos, a otras realidades. A través de la lectura se pueden tener otras vidas, también dicen.
Leer y el amor por los libros y las palabras me condujo a la elección de carrera. Leí y leí y leí, descubriendo cánones a través de teorías y análisis literarios. Recuerdo que, en las mañanas, cuando leía y estudiaba, mi mamá decía que “no hacía nada”, pero en realidad estaba descubriendo universos.
Hoy leer me abre a nuevas ideas y otras formas de entender el mundo. Amo los libros. Elijo el camino del gusto. Me refugio en los libros como cuando era niña: los escudriño, los habito. Mi pequeña biblioteca me resguarda.
Leer es un acto político, y durante mucho tiempo, no lo supe.
En las historias de vida de mujeres escritoras y lectoras aparece una constante: la importancia de las bibliotecas familiares, casi siempre nombradas siempre como propiedad padres y abuelos. Pero ¿y los libros de las mujeres? Pareciera que tenemos muy poco reconocimiento público o histórico de nuestra propiedad de libros y bibliotecas. Hoy me alegra mucho navegar por las redes y ver tantas mujeres —instagrammers, booktubers y por supuesto colectivas feministas— leyendo, recomendando y comentando libros escritos y publicados por nosotras. De niña nunca pensé que pudiera ser hacedora de libros.
El estudio de la teoría feminista me permitió re-conocer el carácter político de la lectura. Juntarnos en los círculos y en los talleres de escritura a leer a otras mujeres, a leernos entre nosotras, es un acto de reivindicación histórica para nosotras, a quienes por siglos nos fue negado el acceso al conocimiento, a la lectura y a la escritura.
Me considero privilegiada por haber tenido libros al alcance de mis manos. Algunos de esos libros me han acompañado en mis cartografías. Porque en momentos de ocio o de profunda tristeza, lo que llenaba mis vacíos y curaba mis tristezas, eran definiciones y poemas que no entendía, pero que su musicalidad y su ritmo me hacían feliz. Esas palabras que unas junto a otras hacían magia y alquimia.
Juntarnos a leer-nos entre nosotras —nos conozcamos o no, seamos escritoras famosas o no— y compartir lo que sentimos al leernos, mirarnos y reconocernos en las otras, nos permite entender contextos, realidades y experiencias diversas.
Leer es un acto libertario, es un espacio de resistencia. En la lectura habitan las voces que quisieron silenciar. Al abrir un libro y recorrer las líneas que nos hablan a nosotras, nos permiten reconocernos en las otras. Leer nos abre mundos, como a Sor Juana. Es en la lectura donde “lo personal es político” cobra una dimensión verdadera al encontrarnos reflejadas en las mujeres que han narrado lo íntimo, lo doméstico, lo real, lo literario o lo simbólico. Nos vemos en ellas como una experiencia universal que trasciende tiempos y geografías.
Para nosotras, leer es —y ha sido siempre— un acto político.

Soy mujer derivante, amante de letras y buscadora de narrativas. Hacedora de libros. Hija y nieta de Luisa. Mamá de Matías. Gestora cultural. Fundadora de Somos Disruptivas en el que imparto diversos talleres. Mis textos han sido publicados en diversas antologías y plataformas digitales. Conductora en Violeta Radio CDMX. Habitante asombrada de la ciudad. Incómoda e incomodante. Estudiante perenne.

