Por: Victoria Pantoja Campa

Borrosa memoria busca enfocar mi primer acercamiento en la infancia a la lectura y registra que la letra con sangre no entró. Reprobé primer año de primaria y recursarlo no implicó, afortunadamente, caminar por el mismo viacrucis, porque mi profesora fue una presencia amable, respetuosa. Aquí conocí a mi primera amiga, Ivonne; ella fue testigo de mis aciertos y tropiezos.

Desciendo de mexiquenses y migrantes guanajuatenses. Crecí entre Chimalhuacán y Chicoloapan, dos municipios mexiquenses periféricos, territorios desdibujados para los gobernantes, pero con una historia que se originó recibiendo las olas de lo que fue el Lago de Texcoco. Mis orígenes también se anclan en la música: el padre de mi abuelo materno venía de la línea musical de una familia que también tenía cirqueros; y, el padre de mi abuela materna era violinista en la tradición musical texcocana.

En esos años los primeros libros y cuadernos que vi tenían pentagramas. Los usaba mi abuelo cuando tocaba el piano. Él me dio una clase del pentagrama, recuerdo que trazó cinco líneas en mi cuaderno. Entonces dibujó las notas musicales; no comprendí. Mi abuelo no insistió en explicarme, pero mi oído se avivó para encontrar los matices y la belleza que emergía de aquellos que tenían la magia de leer ese lenguaje.

En mi infancia temprana me recuerdo viendo en silencio, a cierta distancia, a mi madre escribiendo poemas y pegada a la mesa cuando dibujaba. Ella fue la primera que llevó libros a la casa, eran compendios de poemas que leía en voz alta de forma dramatizada.

Pasé más tiempo en la casa de mis abuelos maternos. El olor de esa casa era diferente del de la de mis abuelos paternos. Con los Pantoja estaba la practicidad y con los Campa estaba presente la búsqueda estética en la música, en la danza, en el teatro y el dibujo. Los nietos copiábamos lo que veíamos cuando jugábamos.

Las niñas y los niños vivíamos un cuerpo en movimiento por el territorio, nos desplazábamos con libertad. A mí me gustaba caminar y no disfrutaba de los juegos de competencia, pero participaba. Cuando aprendí a leer mis libros de texto fueron mi primera biblioteca y los leí completos. Esos libros eran una ventana que me permitía ver otros mundos y escuchar palabras que no siempre se oían en los espacios que compartía con mi familia.

En la periferia en la que crecí las lecturas más comunes eran historietas como El libro Vaquero, El Capulinita, Condorito, entre otros. Las que más me gustaban eran Novelas Inmortales y Joyas de la literatura porque me permitían conocer, de forma general, obras literarias. He de agregar que un espacio importante para la lectura era el baño y, para ser precisa, la letrina porque en esos años no contaba con drenaje la colonia en la que crecí.

Mi primer libro comprado fue La vida del Lazarillo de Tormes; desapareció sin que lo hubiera podido leer.

Las condiciones económicas de mi familia implicaban que cada uno de nosotros aportara trabajo. Vivíamos cerca de una colonia que realizaba actividades de juegos pirotécnicos. Calculo que tenía diez u once años cuando comencé a poner la mecha a las palomas. Me pagaban a peso el millar y recuerdo que en esos costales (que se suponía que eran de diez millares), muchas veces venían hasta cinco millares de más que no me eran pagados. Enmechaba un costal por día y uno de esos costales quedaba para mis gastos. Este dinero comencé usándolo para comprarme algunos juguetes, pero a los catorce años lo usé para comenzar mi biblioteca comprando libros usados en los tianguis cercanos a mi casa.

A los 17 años tuve un novio mayor de edad que yo y con él comencé a leer más literatura. Especialmente leía a Milan Kundera, Gabriel García Márquez y a algunos autores clásicos. También me gustaban los libros de arte y fotografía.

En mi formación lectora aparecen mis hermanas menores. A ellas les llevó once años, ellas son gemelas y a mí me correspondió apoyar a mi madre en el cuidado de una de ellas. La cuidé y me involucré también con su gemela. Ellas han sido un gran regalo para mí. Cuando tenían 6 años y yo 17 me gustaba buscarles libros. Con ellas me acerqué a los libros infantiles que no pude leer cuando era niña, con ellas fui, varios años, a la Feria Internacional del Libro Infantil y Juvenil. Leer con ellas fue un placer y verlas perderse en la lectura cuando encontraban un libro que les gustaba me emocionaba mucho. Ellas han sido mi motor para no soltar la lectura de literatura infantil y juvenil.

Leo sola desde que aprendí a leer y a partir del 2015 comencé a leer con mujeres que leían a autoras. Éramos estudiantes de postgrado. La que más me sacudió fue Clarice Lispector. También escribimos un texto que presentamos coralmente en el 2016 en el Festival CompArte en San Cristóbal de las Casas. También hicimos lectura en las combis. Luego tomamos diferentes rumbos, pero yo seguía con la inquietud de leer con otras personas.

En el 2018 tomé un diplomado que reorientó mis lecturas literarias. Aquí me vi escribiendo, desde ese origen mío que a veces me hace sentir un poco chueca por venir de una ingeniería, pero tal vez por eso mismo tengo el impulso de actuar y lo hago asumiendo que soy esta. Me reencontré con la poesía y la lectura de poesía volvió a entrar en mi vida.

La pandemia me dio espacio para reflexionar cómo vivía el feminismo. En el 2019 dejé a mi manada, me sentí sola al no escuchar la palabra: “Yo sí te creo”.

En el 2020 entré, con un espíritu más crítico, en procesos de capacitación; uno que fue crucial fue la Escuela Feminista de Creación Literaria de Ingravida. Con ellas leí mujeres, aprendí de literatura y también reflexioné los temas que tenía en cuanto a la no romantización de las relaciones entre mujeres.

Mi formación en diplomados y cursos de literatura han dirigido las lecturas que hago, manteniendo el acento en leer literatura escrita por mujeres. A mis lecturas de mujeres he agregado la lectura de literatura infantil y juvenil. Lo comencé en el 2023 con diplomatura en cuentacuentos para primeras infancias, otra para adolescentes, he estudiado mediación lectora con las Salas de Lecturas del Fondo de Cultura Económica y ahora también para primeras infancias.

La lectura en un contexto histórico y musical me ha permitido reconocer la que soy: una mujer que primero fue musical; luego (desde quinto grado de primaria) como una apasionada de la historia; e integrar mi gusto por relatos, que comenzó desde que mi abuela me contaba cuentos, con el hábito de la lectura.

Ahora estoy leyendo en grupos, con varias personas:  mujeres jóvenes, personas de la tercera edad y con niños de 2 a 3 años de edad. He aprendido que formo parte del grupo y cada persona aporta con su visión del mundo. Las niñas y los niños de la primera infancia me llevan a leer frases, figuras, dibujos, regresar a una esencia eterna, dulce y misteriosa. Acercarme a los libros con ellas y con ellos es sorprenderme y es recordarme a mí, una niña de la periferia, que siempre puedo compartir mi palabra, mi ritmo y mi ternura para sumarme a las personas adultas disponibles a hacer que el derecho a la metáfora en la infancia sea posible de alcanzar.

Soy una lectora formada en la periferia, entre la música, el trabajo desde la infancia y los vínculos familiares. La lectura me ha acompañado de forma continua: fue obligatoria, luego se transformó en goce solitario y más tarde en una práctica colectiva y situada. La lectura me permite encontrar espacios de cuidado mutuo, resistencia y reflexión. El feminismo, la resistencia a la discriminación etaria y la promoción del derecho a la metáfora en las infancias guían mi camino.

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