Por: Vanessa B. Lizárraga Juárez
Siempre he pensando que mi paraíso tiene que venir con una biblioteca incluida, libros muy antiguos como aquellos que tenían acceso restringido en la universidad. Dos amores míos: libros y cosas antiguas.
¿Cómo nació mi amor por la lectura? Creo es una mezcla de factores, mi padre era un ávido lector con una biblioteca interesante que incluía clásicos y bestsellers. Busco inculcar el amor a la lectura en sus hijas e hijos. Para mí fue un amor cósmico. Los libros me daban la seguridad que la vida me negaba. En ellos, encontré universos que alimentaron la imaginación.
Mis primeras lecturas, sin lugar a dudas, fueron la colección de revistas que mi padre tenía de Mafalda. Siento que sus viñetas forjaron mi espíritu justiciero, fue una de mis ejemplos literarios a seguir. Quería ser una Mafalda, nunca una Susanita. Allí está en mi mente preguntándole a su madre: ¿mamá que te gustaría ser si vivieras? ¿Entenderían las personas la profundidad de esa pregunta? Probablemente, aquella niña de diez años tampoco lo comprendió. Mujercitas y Hombrecitos de Louis M. Alcott, dos libros que disfrute de niña. Allí encontré a otra de mis ídolas literarias, Josephine, con su carácter indomable, auténtico, frontal. Dispuesta a romper el status quo para escribir siendo mujer. Posiblemente, allí nació mi amor por la lectura y la escritura.
En la secundaria ese amor se fue consolidando, y la poesía se convirtió en un salvavidas. El primer libro que compré fue un poemario de Gustavo Adolfo Bécquer (aún lo tengo), Rima LIII el primer poema que memoricé de un hombre. Siento que la poesía resonó en mi alma por la melancolía que la habita taciturna. Si creemos que actualmente son pocas mujeres las que leemos, entonces (los ochenta) eran menos. Solo logró recordar en mis textos de la escuela a Sor Juana, Gabriela Mistral, y entre todas ellas amé un poema de Juana de Ibarbourou El Dulce Milagro, el primer poema que memoricé escrito por una mujer. Diez años después conocería la pasión por Tú, que nunca serás de Alfonsina Storni; Ajedrez de Rosario Castellanos. Todas ellas escondidas, las encontré (¿o me encontraron?) rondando por los pasillos de la biblioteca del ITESO.
Isabel Allende, fue la precursora, con ella inicié la lectura voraz del mundo de las novelas y mi interés por leer a más mujeres. Recuerdo pedirle a mi padre me comprará cada uno de sus libros cada que eran publicados. La Casa de los Espíritus, Eva Luna, Paula, he de confesar que devoraba sus libros. Desde que leía la primera página hasta finalizar; su primera etapa (si es que se puede hablar de una etapa) fue mi favorita, después deje de leerla, me pareció más comercial.
La vida universitaria trajo consigo nuevos retos, y también nuevas lecturas. Mi etapa más fructífera como lectora sin lugar a duda ocurrió en Guadalajara. Mi lugar favorito de la zona metropolitana de Guadalajara, es mi alma mater. Con sus jardines maravillosos, el canto de las aves, los rayos del sol colándose coquetos entre el forraje de los árboles y la divina biblioteca donde fui más que feliz.
Me recuerdo, etérea caminando los pasillos del área de literatura. Revisando los títulos de los estantes, pasando mi dedo índice entre ellos para ver cual me hablaba, ya sea porque algo me decía detente o porque mis ojos se sentían atraídos por un color o título de un texto. Allí descubrí a Elena Garro, con quién tuve una relación ambivalente (nunca pude leer sus libros me daba migraña siempre que la iba a leer), Beatriz Rivas, Sara Sefchovich, Guadalupe Loaeza, Rosa Montero, Elena Poniatowska, Eduardo Galeano, Paulo Freire, y otros tantos.
Fue la lectura y mis amigas quiénes me sostuvieron tras el divorcio. Me recuerdo leyendo El albergue de las mujeres tristes, de Marcela Serrano, una de mis escritoras favoritas e identificándome con Simona. Recuerdo en particular el año 2012, ese año leí más de 24 libros, la mayoría prestamos de la biblioteca del ITESO. Amé ese pequeño edén que me regalo tanta paz en un periodo tan convulso. Y las amé a ellas por darme historias que resonaran conmigo; también porque las escritoras me presentaron a otras mujeres relevantes de la historia: Lou Andreas Salomé, Hannah Arendt, Hypatia, entre otras.
La maestría y el doctorado (inconcluso) añadieron un tipo de lecturas más académicas. La maestría me brindo a través de las lecturas feministas un parteaguas en la vida. Fue ver caer un velo para mirar el mundo con otros ojos. La mirada violeta a veces me hace ver el mundo con más dolor, pero la consciencia tiene un precio. Con la maestría llegaron las lecturas con grupos de mujeres feministas; y la vida se llenó de una cosmovisión diferente: Gloria Anzaldúa, Marcela Lagarde, Simone de Beauvoir, bell hooks, Angela Davis, entre otras.
Los avances tecnológicos permitieron la conexión con personas en diferentes latitudes, y así es como encontré espacios para interactuar con mujeres similares a mí. Poco a poco, como un camino marcado por un halo, llegué a Histórikas.
Una de las cosas que más presumo al recomendar a mis amigas unirse a los grupos de lectura de Histórikas es la sensación de seguridad y paz que siento cada vez que nos juntamos a reflexionar sobre los libros que mensualmente leemos. Encontré a una tribu. A pesar de mi inconstancia, el último viernes de cada mes, se encuentra agendado para coincidir con: Ángeles, Margarita, Alejandra, Marypaz, Belem, Estelí, y las demás compañeras. Mujeres leyendo y debatiendo a mujeres en espacios seguros. Al terminar siento una energía reconfortante, brillo y me siento nutrida en un plano emocional y mental.
Leer a mujeres se ha vuelto una necesidad, y no solo aquellas que están cobijadas por las grandes editoriales. También aquellas voces disidentes y las lenguas originarias. Gracias a Histórikas conocí el poemario de Originarias, una joya. Porque dependiendo el contexto que tengamos veremos el mundo de una forma. Por eso es importante escribir y ser leídas por otras personas.
Este año leí poco por placer, y los libros que marcaron mi 2025 fueron: El Diario del dolor de María Luisa Puga y El Camino del Artista de Julia Cameron, compartidos por las queridas compañeras de Histórikas. Reconocer en la escritura de Puga lo que implica vivir el dolor me ayudo a sobrellevar mi propio proceso, y buscar en la escritura un exorcismo. El camino del artista se ha convertido en un medio para desarrollar la creatividad y crear el hábito de la escritura. Los dos libros ligados a lo íntimo, la escritura del diario.
Recuerdan que les dije que mi paraíso seguro incluye una biblioteca, he aquí la idea:
La meditación de Thais de Massenet suena de fondo, se confunde con la voz y risas de los críos felices en algún lugar del mundo. El aroma del incienso para purificar el ambiente se mezcla con el chocolate caliente con notas de naranja. La enorme ventana me permite ver el horizonte, una leve llovizna se vislumbra, el sol se esconde tras las montañas imponentes. Estoy sentada y escribo en el cuaderno amarillo que se encuentra en el secreter antiguo que toda mi vida soñé con poseer. Estoy rodeada de una biblioteca maravillosa y de miles de fotos que guardan instantes de momentos felices. Siempre amé aprender cosas nuevas y conocer personas que me llenaran el corazón de luz. Tomo un sorbo del chocolate caliente y me siento a leer un libro escrito por una mujer. Mi gato Astro, ronronea mientras se recuesta en mis piernas. Tengo salud, gozo las cosas que hago, y estoy rodeada de gente que me quiere y muchos, muchos libros (que tengo tiempo para leer)…

Vanessa B. Lizárraga Juárez (Ciudad Juárez, 1978) escribe para mirar el mundo desde las fisuras. Sus textos aparecen en Un virus sin corona (UACM, 2020), Cruce de Caminos (Editorial Momo, 2024) y 50 frutos des-generados (Las Tejedoras Proyecto Literario, 2024). Ha publicado en revistas digitales como Tranvía Fronterizo, Especulativas, Hipérbole, Tintero Blanco, Enpoli, After the Storm y Salidas del Tintero.

