Por: Margarita Rivero

Cada quincena, en cuanto cobra su sueldo, papá pasaba a la librería y escogía algo para mí.

—Rómulo, cuando te mueras te pondremos como almohada todos los libros que le compras a esa chiquita —decía mi abuela, más por decir algo que por regañarlo verdaderamente. En sus adentros, intuía el beneficio de los libros en mi mente infantil.

Leía Vidas ejemplares, pasajes bíblicos, libros de formación humana y cristiana, y los libros viejos que fueron de mi padre.

Una tarde descubrí, sobre el ropero negro —ese bello y vetusto mueble traído de la “casa grande”—, un libro de cuentos de hadas de Grimm, que mi abuelo don Braulio leía a papá cuando era niño. Desde aquel día, en cuanto terminaba de comer, me iba a la sala a leer el lobo y las siete cabritas, El sastrecillo valiente, y otras muchas historias que alimentaban mi mente, mi espíritu y mi fantasía.

Ese viejo libro ocupa hoy un lugar privilegiado en mi librero y en mi corazón, al convertirse en señal de la distinción especial de papá para conmigo. Ese viejo libro acompañó las noches de mis hijos y espero acompañe las noches de los hijos de mis hijos.

Esos fueron los inicios de un eterno idilio con los libros. Cuando estaba en “parvulitos” —así se llamaba antiguamente a la pre-primaria— me aprendía de memoria los textos y, al llegar a casa, tomaba el libro y lo repetía.

—No estás leyendo, chiquita, lo estás diciendo de memoria.

—Sí estoy leyendo, chichí, ya sé leer.

En primero de primaria leí todo mi libro de lecturas durante las vacaciones de diciembre: “Ese oso se asea”. “La sala es de Lola”… En segundo apareció aquel poema de Rubén Darío que aún resuena en mí:

“¡Qué alegre y fresca la mañanita!

Me agarra el aire por la nariz;

los perros ladran, un chico grita

y una muchacha gorda y bonita,

junto a una piedra, muele maíz”.

Que creo aparecía en mi libro de segundo año, cuando repetí la aventura del año anterior.

Hice lo mismo en tercero y en los seis años de primaria. Leía y soñaba. Leía y disfrutaba. Leía e inventaba historias.

Mis maestros me prestaban libros, tanto en primaria como en secundaria. Sacaba libros de la biblioteca y los devoraba.

Y así se ha ido la vida: libros que me dan en préstamo, libros que compro, libros que intercambio y libros que me obsequian. Libros, libros y más libros. Ellos son parte de mí, de mi vida, y yo soy parte de ellos.

Cuando papá murió no le pusimos libros como almohada. Tampoco quiero que a mí me los pongan. Allí en donde estaré serán un desperdicio.

Margarita Rivero

Soy madre, contadora y constante aprendiz, un poco loca, un mucho apasionada, siempre ocupada y siempre corriendo para realizar todo lo que quiero.

En los clubes de lectura y escritura en línea -herencia de la pandemia- retomé el gusto de seguir compartiendo en textos sencillos, los encantos y desencantos de la vida cotidiana, desde mi óptica de mujer yucateca criada en un pueblo en la década de los 90, mis textos han sido publicados por el Diario de Yucatán.

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