Por: Natyeli Montiel

Ellos, los libros

Esto puede sonar a una historia trillada, donde después de un encuentro, todo cobra sentido. Sin embargo, nosotros somos libros, estamos hechos de papel, o sea que somos objetos y no andamos buscando el sentido de las cosas.

Lo cierto es que tenemos voz. Nuestra voz cambia según la persona que nos lea. Para algunos, podremos sonar amenazantes, quizás para otros esperanzadores, angustiantes. No obstante, habrá para quienes nuestra voz sea tan sutil como el andar de una hormiguita entre la arena, pasando totalmente desapercibida.

El punto es que estábamos ahí, olvidados en un rincón de aquel librero. Nadie sabía cuántos éramos, ni de dónde habíamos venido, pero hacía rato que nadie se atrevía a sacudir nuestras hojas entre sus manos. Es más, habíamos olvidado aquella extraña sensación, como un cosquilleo en lo que los humanos llaman costillas.

Fuimos testigos de innumerables horas de juego, también de horas frente a una caja que llamaban tele, pero nosotros, los menos atractivos solo reposábamos, apilados unos contra otros.

Y es aquí cuando se presenta el evento canónico, como dice la chaviza hoy en día. Un buen día, se acercó aquella niña y nos tomó entre sus manos. Leyó nuestros nombres y puso cara de confundida. Empezó a explorarnos y halló entre nosotros muchas voces, las cuales empleó como ladrillos para construir un hogar, un espacio seguro donde ella pudiera hallarse y decir, aquí estoy, soy y existo.

Ella, Natyeli

La voz de la maestra Jovita resultaba cautivante. Desde la primera vez que la escuché narrar El Principito, quedé absorta entre sus palabras. Su voz sonaba como la tibia brisa del mar en verano y narraba con tanta precisión que tuve que insistirle a mi mamá en que me comprara ese libro, mi primer libro.

Después de eso, me dediqué a explorar los libros del librero de mi casa. Me llamaban la atención los que hablaban de la Tierra y sus misterios, bichos raros, el universo, los planetas, me parecía fascinante tener un lugar entre tanta gente, entre tantas especies. Encontré nuevas voces y nuevas maneras de ser, aunque era pequeña y solían aparecer nuevas distracciones.

De ahí en adelante, era muy raro que me atreviera a pedir libros como regalo. Me dejé llevar por los comerciales de la tele, quería la muñeca Barbie del momento, un micro hornito ¿por qué no?, pero buscar libros en ese momento sería como autoexiliarme de un mundo que ya por sí mismo me veía como bicho raro.

Así pasaron algunos años, etapas difíciles, momentos en los que me sentí despreciable, sola, sin un lugar en el mundo. Por lo menos una vez al día cruzaba por mi mente el pensamiento “no perteneces aquí, el mundo estaría mejor sin ti”, y así me fui perdiendo poco a poco, hasta que se volvió casi incontenible.

Mi mundo cambió cuando una de mis amigas me recomendó un libro, y luego otro, y así sucesivamente. Encontré nuevas voces, otros mundos que me abrieron la mente y la posibilidad de decir “aquí estoy, soy y existo”, porque puede ser que no encaje con lo que todos esperan de mí, con lo que mi familia insistió en inculcarme, pero habito el aquí y el ahora con intensidad. Cada vez que estoy por perderme, recurro a los libros, mis lecturas, aquellas palabras que alguna vez me marcaron. Tal vez no suenan igual en la yo que soy en la actualidad, pero me ayudan a mantener los pies sobre la tierra y al mismo tiempo, a volar e imaginar otras posibilidades.

He dedicado la mayor parte de mi vida a la docencia en el nivel primaria, aunque también he trabajado en preescolar, secundaria y bachillerato. He tomado diversos talleres de narración oral y participado como mediadora en la sala de lectura Ajolectores, además de coordinar círculos de lectura y de estudio para docentes de educación básica.

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