Por: Gloria Cenobio Rodríguez

La lectura en mi vida se conformó para llenar las horas vacías en el salón de la secundaria. Mi amiga Blanca traía una grabadora para escuchar música, pero eso duró poco. Lo que hacíamos era ponernos a leer los cuentos de Horacio Quiroga La gallina degollada, El almohadón de plumas, La mulata de Córdova fueron algunas de las lecturas que llenaron ese tiempo. Ella leía un párrafo y yo otro, en un salón de clases lleno de gritos, risas y peleas. Nosotras leíamos y nos aislábamos del mundo. Blanca no lo sabe, pero esos cuentos sembraron en mí la necesidad de escuchar historias.

Ahora sé que creamos un espacio donde conocimos a personajes que reflejaban una realidad distinta, eso determinó mi búsqueda y empecé a leer novelas. Busqué un refugio, una manera de sentirme parte del mundo; leí para encontrar respuestas o más preguntas. Fue la lectura un refugio donde tuve amigas y amigos que duraban el tiempo que duraba la lectura. Mi casa estaba saturada de tele, de gritos, llanto, regaños, pero yo podía leer y transgredir el espacio para compartir con esa nueva personaja o personaje y caminar con ellos. Así aprendimos a cuidarnos, a disfrutar, sanar.

Para mí, fue un reencuentro el saber que tengo un espacio, un refugio que vamos creando conforme avanza la lectura. Entendimos la vida, porque abrir un libro era sentirme en familia y sentir que estaba dentro de esa historia; me sabía parte de ese lugar. En mi juventud me acompañé de Dostoyevsky y leí varias veces  Humillados y ofendidos, Crimen y castigo, el jugador, memorias del subsuelo.

Cuando llegó Lluvia, mi sobrina, la lectura era el aperitivo antes de desayunar. Me pedía que le leyera Sapito y Sapón una y otra y otra vez, hasta que se hizo canto en su voz, El caballo de arena y también leíamos Los anillos de los cocodrilos. Y una lectura que iniciaba así: «¡Ay, señora, mi vecina, se me murió la gallina!», se convirtieron en una lectura constante por su musicalidad.

La lectura era desafiar, disfrutar junto a un igual, compartíamos enojos, frustraciones, la empatía no se hacía esperar. El final de una historia, y al igual que los personajes, encontramos que había una transformación: habían llorado y habían desafiado y pasado las pruebas. A ese lugar nos invita la lectura. Leer llenó la falta de amigos, de juegos; era otra forma de poner el cuerpo, pues mi actitud retraída hacía que me refugiara en la lectura. No siempre es fácil entrar, a veces encuentras un espacio cargado de sombras, pero también encuentras amigos, compañía, mentores y hasta me atreveré a decir que leer es compartir el camino del héroe.

La lectura marcó mi día a día, y luego llegó el tejido. Mi hijo se acostumbró desde el vientre a escuchar mi voz, las palabras, mis lecturas. Gracias a él me acerqué a la literatura infantil, denostada por algunos. Con mi hijo disfruté lecturas que no disfruté en mi infancia y fui otra vez niña. Leímos Tom Sawyer, viajamos al fondo del mar gracias a Verne y su Nautilus la lectura, de alguna manera, suplió su falta de hermanos. Me dio gusto crecer con mi hijo y formar y compartir su vida con la lectura.

La lectura también me llevó por sus caminos que había recorrido de a poco, y entonces, como muchas mujeres más: me propuse a leer autoras, porque ahora no sólo eran resguardo sino un reconocernos desde la palabra. Y sí, voy a decir que para mí la lectura es transitar: a veces en el naufragio de la separación, en no entender la vida, en el encierro, en la soledad, en el goce, en la disidencia. Leer es abrir un espacio en el que me siento acompañada y puedo reconocerme, no sólo desde la empatía sino desde el vínculo que hace el lector con los personajes. Creo que si no hay un reconocimiento en el proceso que es leer y escribir, pensando en las escritura de las mujeres desde la mirada que cruza el sentir, y cambiar el lenguaje: no sólo violencias sino las ideas y actos, no sólo para las mujeres como personajes sino como una construcción con nosotras mismas.

Nosotras estamos aquí y fue el hartazgo lo que guía el camino y da propósito a espacios creados porque es necesario sanar, creer y cambiar para construir lo que hacía falta al otro lado: lo que había sido callado, lo oculto o apenas mencionado. En este camino encontré a las mentoras que, sin saber, estaba buscado, a las que estaban ahí, en espera de ser leídas, reconocidas y escuchadas por nosotras. Así nos rescatamos las unas a las otras.  Escuchamos su llamado y en ellas nos reconocemos.

Podrán acusarnos y señalarnos de romper con la tradición; dirán que nos perdemos de ese otro lado que dominó nuestra lectura, nuestra escritura y también nuestra forma de pensar. Ahora sólo tengo tiempo para leer a nosotras. Estos espacios de mujeres leyendo a mujeres rompe con la idea de que lectura es un acto que se debe hacer en soledad. Acá nos escuchamos y aprendemos a leer, más y mejor por medio de el acompañamiento, pues nosotras nos juntamos con otras y leemos a otras que se vuelven nosotras.

Soy originaria de la Ciudad de México, estudié Creación literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.

Recibí una mención honorífica con el cuento “¿Ayer llovía?” en el concurso Elena Poniatowska 2011, publicado en la La colmena. Algunos de mis poemas están publicados en Mujeres Leyendo. Y en la Antología de Maternidades y lactancia, con el poema “Sosteníamos la vida”, y en la revista Intercambios el poema “lloré tu origen” 2020. Antología de poesía en Escritoras Mexicanas FENALEM 2024, y en la Antología Sin cuarto propio 2024.

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