Por: Karel Guzmán

La lectura ha salvado mi vida en diferentes etapas. Me salvó cuando era niña, y el bullying me apartaba de tener amistades, pero en los libros encontré una amistad sincera y llena de aventuras. Me salvó en la adolescencia, cuando la depresión crecía sin control, pero en aquellos libros interesantes que encontraba en la biblioteca de la secundaria hallé una mano tendida (y no hablo de los libros de autoayuda con sus clichés sobre cómo debemos ser felices). Los libros me salvaron en la pandemia, momento en el que descubrí el mundo de Wattpad. También en la universidad, cuando tuve una relación agridulce con la lectura, ya que las lecturas académicas casi me enloquecen, pero aquellos pocos libros que no tenían nada que ver con mi carrera me permitían recuperar la cordura.

Hoy reconozco un privilegio fundamental: tener un padre que me enseñó a amar la lectura desde niña. Leía conmigo a Oscar Wilde y cualquier otro libro que tuviéramos a mano, llevándome a ese mundo donde todo es posible y existe. Viví en el privilegio de contar con bibliotecas durante toda mi educación (que estuvieran bien surtidas ya era avaricia). El privilegio de tener acceso a internet para descargar libros de páginas de dudosa procedencia. Pero este privilegio que salvó mi vida es exactamente lo que abrió mis ojos ante la realidad de la mayoría.

La lectura me salvó, sí, pero también me hizo consciente de una verdad incómoda: la lectura es para todo el mundo, pero los libros no son accesibles para todo el mundo. Hablamos de tiempo, dinero y privilegios. Me he preguntado qué sería de mi vida si no hubiera tenido la oportunidad de convertirme en lectora, una realidad que solo existe en mi imaginación, pero que es el día a día de muchas otras personas.

Es increíble celebrar la lectura, pero es necesario hablar también de los retos que conlleva y las críticas a las que uno se expone. ¿Qué significa realmente ser lectora? Para muchas personas, ser lectora es solo leer clásicos, libros con un léxico poco comprensible que todos fingimos entender para parecer más intelectuales, mientras despreciamos a quienes leen “vulgares” como el Libro Vaquero o en la actualidad, cualquier fanfic.

Cuando hablo de la lectura en mi vida, necesito hablar de todas estas problemáticas que la rodean. La lectura me salvó, pero no fueron los clásicos porque cuando Don Quijote casi me enloquece en la secundaria, fue Memín Pinguín quien realmente me salvó cuando lo leía en la peluquería de mi abuelo, después del infierno que era para mi la escuela. Las lecturas de la universidad hacían que mi cabeza estuviera a punto de estallar, pero eran los hilos de TikTok los que me permitían relajarme.

La lectura siempre ha sido parte de mi identidad porque en ella vi la resistencia de las personas que leen cualquier cosa en Facebook (lecturas que otros desvalidan) y entendí que la cultura no se forja únicamente en libros caros de tapa dura de un autor europeo o estadounidense. Está presente en las lecturas de los puestos de periódicos, en esos libros desgastados que pasan de generación en generación, en las comunidades que se forman compartiendo links de Google Drive y Classroom para que quien quiera pueda acceder, no está en la moda de los Kindle está en Wattpad y otras páginas donde cualquiera puede escribir: ESTÁ EN LA RESISTENCIA COLECTIVA

Y esa es la lectura de mi vida: una larga lista de libros descargados con la fe de que no traigan virus, libros encontrados en remates desde diez pesos, en libros prestados por amigas, en lo que encuentro en redes sociales y Wattpad. El sentimiento que me causan está marcado en cada uno de ellos, porque para mí es necesario hacer anotaciones, subrayar esos momentos que marcan y provocan miles de sensaciones, llenarlos de post-its para poder revisitar solo las partes que tocaron mi alma. Una biblioteca llena de varios géneros: desde lecturas universitarias sobre historia y ciencias sociales, hasta libros con faltas ortográficas que la autora dejó de escribir porque su mamá la castigó.

En estos libros encontré la verdadera libertad lejos de los estándares; en estas lecturas descubrí la rebelión y la resistencia que le hacía falta a mi vida. Esas hojas marcadas por el cliché del romance, con personajes famosos como Harry Styles o Taylor Swift; hojas amarillentas con olor a viejo, manchas de café, llenas de Historia. Libros que suenan a Jenny Rivera y a los Cadetes de Linares. En autores que, como diría Dahlia de la Cerda, vienen desde los zulos, autorxs sin cuarto propio. Aquí encontré mi identidad y creé mi biblioteca de diez pesos, de remates y cambios de libros.

 

Egresada en la Licenciatura en Historia de México, defensora de derechos humanos y creadora de la página de divulgación histórica Brujas de Archiva.

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