Por: Roxana Cabrera Sampayo
Desde que era niña, me sentí atraída a los libros y las historias que en ellos se escondían. Crecí en un contexto con poco o nulo acceso a los libros, en el que la escuela se convirtió prácticamente en el único lugar para conocerlos; aún recuerdo las tan ansiadas vacaciones en las que se nos permitía llevar de visita a casa un ejemplar. Desafortunadamente, crecer y sus dinámicas me fueron alejando de las letras. Llegue al punto en que, especialmente durante la etapa universitaria y laboral, lo que consumía a través de la lectura solo giraba únicamente en torno al tópico de educación desde un ámbito especializado.
Intentos por salir del letargo hubo bastantes. Leía libros cortos o que solía encontrar en mi camino, en los pocos momentos que tenía para mí fuera del trabajo. Sin embargo, había otras “prioridades” y me terminaba alejando otra vez. Ahora que escribo estas líneas, puedo decir que mi relación con los libros -así como yo- ha florecido. Despertar implico encontrar una historia que me atrapará. Agradezco a quien me regalo en mi cumpleaños número veinticuatro, “un gran libro que confirmaría el amor en la literatura”: era una historia protagonizada por mujeres, que no pude soltarla en dos días y a la que le hice un espacio en mi ajetreada rutina para disfrutarla. Este fue el inicio de mi rencuentro con la lectura, pero desde otra mirada, con otras compañías y otros enfoques.
En cuanto al tema de las mujeres, no he dejado de leerlas. Leer textos escritos por autoras que colocan en el centro de sus obras a las mujeres es, sin duda, sinónimo de comprensión. No importa si las personajes son ficticias o están basadas en hechos reales; todas ellas tienen tanto en común con nosotras, sus lectoras, que hojear cada página se siente como estar acompañada, como reconocer los sentires, pensares y vivencias que compartimos de forma similar. Nos atraviesan las mismas inquietudes y problemas, sin importa el territorio en el que nos encontremos, ya sea real o imaginado. Es increíble como nos entendemos y acuerpamos entre nosotras. Agradecida estoy de poder vivir en una época en la que el arte literario de las mujeres ya no es tan anónimo, porque gracias a ello puedo encontrarme y reconocerme cada día.
Regresando al tema del rencuentro, durante años di por hecho que la lectura era un acto individual, en silencio y solitario; ahora reconozco que hay otras formas de vivirla de manera colectiva y en comunidad. Hace dos años funde el club de lectura “Entre palabras, mujeres y resistencia” dentro de mi proyecto feminista desde la educación. Las sesiones, sin duda, eran uno de mis momentos favoritos de la semana. Me entusiasmaba pensar cómo otras amigas, compañeras y colegas se encontraban disfrutando del mismo texto; pero sobre todo, cuando llegaba el momento de compartir nuestras reflexiones, resultaba profundamente grato escuchar a las conclusiones a las que llegábamos, marcadas por nuestras historias de vida, por quienes nos rodean y por la cotidianidad tan distinta de cada una. Siempre, después del dialogo, existía la inquietud de compartir e incluso, en el mejor y más esperanzador de los casos, transformar desde el texto.
Ahora bien, si tuviera que definir a la lectura en una sola palabra, en este momento de mi vida, sería: Resistencia. Recordaran que al inicio mencione que el crecer me había alejado de ella; más bien, fueron las dinámicas de un sistema que incluso etiqueta a la lectura con frases como “esto es lo que sí debieras leer”, “¿para qué te va a servir lo que leíste?” o “¿cuánto has leído este último año, en un país poco lee?”. Todo ello y más fue lo que me alejo. Incluso este acto, que debería ser libre, creativo y no cuantificable, ha sido atrapado. Leer se había convertido en algo no placentero, obligatorio, del cual dependía incluso mi trabajo. Se leía a los autores – la gran mayoría hombres-, porque hasta en este aspecto las mujeres siguen siendo invisibilizadas; se privilegiaba aquello que tenía un supuesto carácter científico y valor, aunque estuviera alejado de mi realidad, pero que servía para seguir perpetuando discursos y una visión única del mundo.
Hoy, la lectura se ha convertido en un acto que va contracorriente, incluso de mis propios males individuales -aunque profundamente colectivos-; un gesto frente a un sistema social en el que todo sucede con rapidez, donde ya no hay tiempo libre y, si lo hay, no debería dedicarse a los pasatiempos que no produzcan algo material o económico, y en el que cada quien sobrevive en soledad. Concluyo esta narrativa deseando que la lectura siga siendo ese espacio donde podamos detenernos, reconocernos y refugiarnos. Leer, hoy, es un acto político: es elegir nuestras voces, nuestras historias y formas de existir frente a una dinámica que nos quiere aisladas, productivas y desconectadas. Ojalá la lectura nos siga reuniendo, tejiendo lazos y abriendo diálogos, para mirarnos, escucharnos y construir otras maneras de habitar el mundo.

Soy una mujer a quien Tlaxcala arropó y formó. Me desempeño como maestra, convencida de que la educación es sinónimo de revolución. Fundé la Red de Estudiantes y Maestras Feministas de Tlaxcala y dentro de esta, fui iniciadora del club de lectura “Entre palabras, mujeres y resistencia”. Este es mi primer intento de escritura fuera del ámbito académico, un gesto para dejar constancia de que existí a través de las palabras. Me encuentras en Instagram como @solo_soy_rox , y en Facebook como Roxana.

