Por: Rosario Galindo
Yo tenía siete años y era una niña muy introvertida cuando conocí a Julieta: mi maestra de segundo de primaria. Era una joven muy hermosa; me maravillaba ver sus uñas largas y perfectamente pintadas de barniz rojo. Me asombraba su cabello lacio y brillante, que contrastaba con mi cabello rizado y rebelde.
Yo sacaba buenas notas, pero aun con eso, mi presencia era más bien gris. No tenía amistades y la pasaba sola todo el tiempo.
Veía cómo mis compañeros abrazaban a Julieta, le daban besos, le sonreían, y la tomaban de la mano, y no podía evitar sentir un poco de envidia. A mí me habría encantado hacer lo mismo, pero mi temor a ser rechazada era más fuerte. Y solo miraba a lo lejos.
Siempre aprecié la tranquilidad por encima de las emociones fuertes, por eso rechazaba jugar a las correteadas o las coleadas. Me sentaba en una pequeña banca a comer mi torta de huevo, mientras observaba todo a mi alrededor. Me sentía tranquila en mi aislamiento, aun cuando a los ojos de los demás parecía una “rara”.
El barullo de chiquillos corriendo ensordecía mis oídos, pero ni así interrumpían mi labor de observación. Y siempre, después de observar, venía el ensueño: imaginaba fantasías en las que yo era la heroína y todos me reconocían. Quizás eso lo adivinó Julieta, y por eso, aquella tarde, se acercó a mí sin saber que estaba a punto de cambiarme la vida.
Me extendió un pequeño libro de cuentos. Aún recuerdo la portada: “La ratoncita de campo y la de ciudad”. Las imágenes llamaron mucho mi atención, y casi sin darme cuenta, lo tomé en mis manos.
—¿Te gustaría que te lo preste mientras sigue el recreo?— preguntó Julieta.
Asentí con mi cabeza, con una emoción que no me cabía en el pecho.
Ella se alejó, y yo me sumergí en esa lectura maravillosa. La principal protagonista era una ratoncita que llevaba una vida sencilla, como la mía, y que, tras perseguir el sueño del glamour, se había expuesto a emociones fuertes y riesgosas. Al final del cuento, la ratoncita de campo valoraba su vida tranquila y llena de sencillez, ricamente alimentada por su imaginación.
Me sentí identificada. Dejé de percibirme como una niña extraña, y por fin, acepté que no necesariamente debía gustarme lo mismo que a los demás. Quizás eso me hacía diferente, pero no menos valiosa. Ese fue mi primer acercamiento con los libros, y desde entonces, nos hicimos grandes amigos.
A partir de entonces, leí un libro cada día. Me apresuraba a comer mi torta para poder disfrutar del placer de la lectura. La pobre Julieta tuvo que empezar a buscar títulos en la biblioteca, pues ya había consumido todos los libros de su pequeño librero del aula.
Al término del año escolar mi corazón descansó al saber que en tercero de primaria volveríamos a tener a Julieta como profesora. Pasaron las vacaciones y yo ansiaba que llegara el inicio de cursos para volver a verla, y también para que me prestara más libros.
Por fin, llegó el primer día de clases. Fui la primera en llegar al salón, vi su nombre a la entrada y mi corazón latió con fuerza: “3° A Profesora Julieta Lara”. Me senté en las bancas de enfrente, lo que nunca en mi vida había hecho.
Sin embargo, un presentimiento invadió mi paz. Julieta tardaba en llegar y eso no era normal en ella, siempre fue muy puntual. El ruido de un par de tacones interrumpió mis pensamientos.
—Soy la maestra Laura y seré su nueva profesora. La maestra Julieta solo cubría una incapacidad y ya le dieron su plaza en otra escuela. Saquen su cuaderno de Español— dijo la mujer con frialdad.
Mi tierno corazón de ocho años se partió en mil pedazos. Tuve que salir a llorar al baño; no podía ser rara y además, llorona. Me sentí vulnerable otra vez. Julieta me había dado una seguridad que nunca había tenido. Por un momento, pensé que no lo lograría sin ella, pero entonces, recordé todas las historias que había leído durante casi un año: historias con protagonistas pequeñitas que hicieron cosas grandes; historias de heroínas en las que nadie creía y habían contribuido a mejorar el mundo; historias en las que la gente sentimental como yo, demostraba tener un corazón valiente.
Limpié mis lágrimas y volví al salón. Me senté en la misma banca delantera que había tomado al inicio. Algo en mí había cambiado para siempre. No volvería a sentir temor al rechazo, ni volvería a esconderme entre las sombras. Tampoco volvería a amarrar mi cabello rizado.
Además, ahora tenía amigos inseparables: los libros.
Mis siempre fieles amigos.

Soy egresada de la UNAM. Me dedico profesionalmente a la Comunicación, la cual combino con mi labor como escritora de narrativa breve. En el 2019, fui ganadora del Primer Lugar en el concurso literario “Crónica de Barrio Cuauhtémoc” organizado por el Gobierno de la Ciudad de México. Mis cuentos han sido seleccionados y publicados en dos antologías junto con autores nacionales e internacionales.

