Por: Gema Cerón Bracamonte
Mi amor por la lectura empezó durante la infancia. A los cuatro años mi madre me enseñó a leer y a escribir, y a los cinco, comencé la primaria como oyente junto a mi hermano, cuya diferencia de edad era de 362 días, él ya había cumplido los seis. Tan buen desempeño hice en la escuela, que me dejaron como alumna regular. Puedo decir que tuve una infancia privilegiada porque mi padre amaba los libros y la música y crecí rodeada de una gran biblioteca a la cual tenía acceso de manera libre.
Mi papá gustaba mucho de las historietas y cada semana cuando llegaba de viaje, traía consigo varias que hacían las delicias de mis hermanos y mías. Por aquellos tiempos estaban de moda unas llamadas: Novelas inmortales, Joyas de la literatura, El libro semanal, El libro vaquero, y recuerdo que yo disfrutaba mucho leerlas, sobre todo por las ilustraciones. Supongo que de ahí también nació mi amor por el dibujo, pero eso forma parte de otra relatoría. El caso fue que mi primer acercamiento a la lectura fue gracias a esas historietas y también porque mi padre nos obsequiaba libros de cuentos infantiles con muchas ilustraciones que yo amaba leer y releer. A los ocho años, descubrí que quería ser escritora, pero de algún modo pensaba que todos los escritores lograban la fama hasta después de su muerte, y que durante su vida, morían de hambre; así que pensé que además de ser escritora, también estudiaría una carrera universitaria para solventar mis gastos y además cumplir con mi pasión por la literatura. Fue también a los ocho años cuando escribí mis primeros esbozos de poemas dedicados a mi gata y al astro rey, que aún conservo entre papeles viejos. Incluso, cuando pasé a segundo de primaria, participé en un concurso de cuento donde gané el tercer lugar. En ese entonces, aquel cuento no era de mi autoría, sino que mi madre se inspiró en otra historia para hacer uno que yo pudiera contar y ¡funcionó! Aún conservo también la medalla que gané por ese concurso.
Ya hablé antes, sobre la gran biblioteca de mi padre; pero no les he dicho que varios de sus libros eran sobre medicina, temas de salud, espiritualidad, ciencias ocultas y algo de filosofía. Es verdad que yo amaba las historietas, pero una vez que había leído todas, me encantaba buscar entre los libros de papá, aquellos que tenían ilustraciones que me parecían llamativas. De entre todo el acervo de mi padre, había un libro que sobresalía o más bien, llamaba mi atención por sobre todos los demás, titulado El gran libro de lo asombroso e inaudito y era un volumen editado por Selecciones del Reader’s Digest, que aunque me parecía bastante pesado, siempre hallaba la manera de cargarlo para leerlo. Este libro hablaba sobre fenómenos de la naturaleza, historias paranormales o increíbles que ocurrieron a lo largo de la historia. También hablaba sobre seres mitológicos y monstruos. Siempre me han atraído los temas sobrenaturales; ignoro la razón, aunque quizá sea porque la casa paterna estaba a dos cuadras del cementerio. Gracias a ese libro, durante un tiempo, me obsesioné con el tema de la Peste bubónica e investigaba en la biblioteca paterna todo lo que encontrase respecto a ese tema; incluso uno de mis primos me prestó un libro donde hablaba sobre aquella epidemia que mató a millones durante la edad media. A tal grado era mi obsesión, que mi deseo más grande era vivir una epidemia de esa magnitud. Quién pensaría que años después, viviría la pandemia del Covid en carne propia.
El libro de lo asombroso e inaudito, también contenía datos curiosos sobre algunos sucesos de la historia y fue ahí donde leí por primera vez algo sobre Edgar Allan Poe relacionándolo con el misterio de la desaparición de una chica llamada Marie Rogers; de cuyo asesinato fue sospechoso, pero a quien nunca pudieron probarle nada. Recuerdo quedar muy impactada entonces.
Mi infancia continuó entre historietas, cuentos, libros ilustrados y la biblioteca de mi padre. Hasta entonces, todos los libros que había leído eran siempre con ilustraciones. Para cuando cumplí trece años, y cursando la secundaria, tuve que ir a realizar un trabajo de investigación en la Biblioteca Central de mi ciudad natal. Quedé enamorada de ese lugar; a tal grado, que tramité mi credencial de usuario para poder sacar libros a préstamo. El primer libro que pedí fue el de Narraciones extraordinarias de Edgar Allan Poe, aquel fue el primer libro que leí completo sin algún tipo de ilustración y debo decir que lo amé por completo. Aún hoy, he leído ese libro durante varias épocas de mi vida y sigo descubriendo secretos que antes no había comprendido por completo.
Durante la adolescencia y adultez temprana, me dediqué a buscar aquellos títulos que había leído en historietas durante mi infancia; principalmente eran los que se denominan como Clásicos de la Literatura.
Sobre mi sueño de ser escritora, aún no lo he conseguido. He intentado muchas veces, pero termino por dejarlo. Hoy tengo cuarenta y seis años, varios relatos iniciados, algunos poemas pésimos, dos o tres canciones y la idea de escribir y dibujar un cómic que inicié hace más de veinte años y no he podido concretar. Tal vez algún día lo haga.
A mi edad, sigo siendo fan de los libros, aunque no me considero una lectora tan voraz como en mi juventud; pero mi capacidad lectora es grande; como aquella vez que leí El Quijote de la Mancha en tres días, a razón de cuatrocientas páginas diarias, todo porque debía hacer una especie de tarea para un taller de escritura online al cual me inscribí entonces.
Hoy por hoy, también soy mediadora de lectura: tengo una página en WordPress donde comparto algunos escritos y, de vez en cuando, realizo transmisiones online para hablar sobre nutrición y literatura. Aún sueño con ser escritora.

Escribo por afición, pues considero que el título de escritora o autora me queda muy grande todavía.

