Por: Nallely Poot Sánchez

¿A qué edad empieza un niño a leer?… Entre los cinco y siete años, dicen los libros y los expertos. Yo me tardé más. No porque me faltara una madre que me apoyara o buenos profesores, sino porque, sencillamente, la lectura no se me daba.

Pero yo no conocía de imposibles. Si no entendía la historia, me la inventaba. Al principio tenía miedo. En aquel tiempo la educación era distinta a la de ahora. Si el maestro sentía que lo ofendías o no hacías lo que pedía, te “incaba al sol con tapitas”. El miedo me volvió silenciosa; por eso no participaba en clase, no levantaba la mano, no me atrevía.

Fue hasta tercer grado cuando apareció un profesor, de esos que casi ya no existen, que me dio el impulso que necesitaba. Un día me dijo: “Agarra un libro y lee. Si no puedes leerlo de corrido, asocia las palabras, dales sentido. Y si no puedes leer, crea la historia, imagínala, vívela… verás cómo las palabras llegan a tu mente como magia”.

Y así lo hice. Practiqué y practiqué. Inventé historias, creé mundos en mi mente cada vez que sostenía un libro, hasta que un día lo logré: logré leer lo que en verdad decían los libros.

Mi primer libro leído de principio a fin fue un premio. Mi papá me lo compró cuando por fin aprendí a leer. Hablaba de las leyendas mayas, de aluxes y de seres del mundo feérico. Aún lo conservo como recuerdo de aquel momento fundacional. A ese libro se le sumaron muchos más. De niña me encerraba horas enteras leyendo. No me levantaba hasta terminar el libro. Leía con hambre, como quien necesita comprender el mundo para habitarlo.

Recuerdo que en sexto de primaria, después del paso de un huracán, encontré varios libros mojados detrás de la escuela. Los tomé con cuidado, como quien descubre un tesoro, y los llevé a casa. Los limpié, los cosí y los cuidé. En uno de ellos estaba La sombra del caudillo, del escritor mexicano Martín Luis Guzmán.

No es solo una novela histórica; es un espejo. La obra revela cómo la Revolución traicionó sus ideales cuando el poder dejó de servir al pueblo y comenzó a servirse a sí mismo. Más allá de lo político, una pregunta se instaló en mí con inquietud al leerlo: ¿hasta qué punto seguimos viviendo bajo sombras que no se nombran?…

Ese cuestionamiento marcó un antes y un después. Fue ahí cuando decidí salir de las sombras y empezar a crear, a compartir, a enseñar a otros el poder de su propia luz. Empecé ayudar a otros a salir de sus sombras, como en su momento alguien me ayudó a mí.

Hoy, más allá de mi trabajo profesional, me dedico al rescate cultural y patrimonial de la lengua maya. Con mis palabras intento llevar un mensaje de resistencia, superación y memoria, porque entender lo que somos también es una forma de imaginar lo que seremos.

La lectura no solo me salvó: me dio un propósito.

Y aquí estoy ahora, mediadora del arte de leer y escribir, convencida de que un libro puede cambiar una vida, porque cambió la mía.

Nallely Guadalupe Poot Sánchez vive en Tizimín, Yucatán. Es escritora y promotora cultural, con formación en la Licenciatura en Educación. Escribe en lengua maya y español, desde la tradición oral y la convivencia natural con ambas lenguas. Cofundadora del colectivo U Otoch le’ Ts’íimin, impulsa proyectos que fortalecen la identidad cultural del oriente yucateco. Su escritura preserva la herencia maya desde la memoria familiar, la espiritualidad del territorio y el compromiso comunitario.

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