Por: Dolores Flores C.

Aquí va lo que pienso, sin permiso y sin azúcar. En voz disruptiva, una de 76 años que ya no pide permiso.

A lo largo de la historia no deseamos lo que nos dijeron que deseábamos. Nos dijeron que deseáramos un buen marido, un príncipe azul, un buen partido y una buena casa. Nos enseñaron a desear bajito, con la voz a medias, con las piernas cerradas y las ilusiones también, ah, pero que dijéramos SI los hijos que Dios mandara. Nos enseñaron a desear ser elegidas, no a elegir. A ser vistas, no a ver. A ser pacientes, la impaciencia era locura.

A mí me dijeron que tenía que ser como mis hermanas mayores, pero no las veía a gusto en las tareas y la profesión impuesta, en un acto de rebeldía estudié otra profesión que terminó no siendo de mi total agrado, pero me permitió obtener un salario, y seguir estudiando.

Un primer paso… Contraje matrimonio y tuve dos hijos, lo que orillo al abandono de un empleo absorbente y mal pagado, pero eso complicó las tareas en el desempeño como madre, y esposa dependiente económica del marido. 

Por ello afirmo que nosotras, al principio de los tiempos, deseábamos otra cosa. Al principio lo más básico: no morirnos pariendo. Que no nos quitaran a los hijos. Que no nos pegaran por contestar. Que no nos quemaran por saber de hierbas. Hablar libremente como ellos.  Hoy necesitamos ser autosuficientes y no esperar una manutención permanente.

Hoy deseamos todas las llaves: de la casa que habitamos, del cuarto propio. La llave del libro que nos prohibieron. La llave de nuestro cuerpo que decían no era nuestro.

¿Qué sueños hemos cumplido? salir a la calle sin que nos lleven de la mano. Trabajar, aunque nos paguen menos, estudiar, aunque nos hayan dicho “para qué, si te vas a casar”. Hoy podemos separarnos del agresor sin que nos quemen en la plaza. A reírnos fuerte, histéricas e incomodante, y no pedir perdón. A escribir en las paredes porque ya no nos alcanzó el papel. Todo lo hemos cumplimos a medias, sí, pero lo cumplimos nosotras con la mano levantada.

Levanto la mía cada que necesito seguir adelante y no estirar la mano para recibir poco y trabajar mucho, entonces con nuevos conocimientos nuevamente salgo de casa y cubro lo que me falta y deseo. Estudiar, maternar, ganar dinero y poder decidir cómo deseo seguir viviendo. Mis hijos ya crecieron, me jubilé después de 37 años de servicio, sigo estudiando, sistemáticamente cuestionando “el deber ser” que escucho afuera.  

¿Qué nos falta? Considero que todo lo más sabroso: desear sin culpa, envejecer sin escondernos, que nos crean cuando decimos “no quiero”. Y también cuando decimos “sí quiero, y lo quiero así”. Un hogar compartido: que la casa sea de todas, y no solo el lugar donde todas trabajan. Una vejez reconocida: que la vejez de una mujer sea vista como poder, no como lástima. Una historia propia: que podamos escribirla con nuestra letra, no con la que nos dictaron.

Yo, ya no deseo lo que me enseñaron a desear. Deseo lo que me da la gana, escribir en donde sea. Deseo estar muy viva hasta que la muerte llegue. Y que mi risa siga incomodando un buen rato más.

Deseo seguir soñando e interrumpiendo. Porque el sueño aún pendiente que tenemos las mujeres es dejar de soñar bajito. Cuando dejemos de hacerlo el impacto dejará de ser individual y se volverá colectivo. Sabemos que romper el techo mental desata un efecto dominó que redefine el entorno en que nos encontremos. Aunque sigue siendo un motivo de lucha femenina.

Soñar en grande implica romper con la narrativa de la modestia obligatoria y asumir que el éxito, el liderazgo y la ambición no solo son válidos, sino absolutamente necesarios.

Soy Dolores, mujer poseedora de un cuerpo declarante de la realidad cotidiana impuesta a las mujeres y marcada por estructuras socioculturales y económicas que, a menudo, limitaron mi autonomía, seguridad y oportunidades, nací en una época en la que los avances en igualdad de género eran pocos. Reconozco que el trascurrir de los años ha sacudido la mente y condición física…76 años ¡Ups! la rapidez de su paso ha llegado y tomado por sorpresa. Nunca imaginé llegar a esta edad. Pero, no sueño bajito, me reinvento cada día.