Al principio era más que un trabajo arduo, de esa actividad dependía poder salir a jugar con las amiguitas del barrio. Consistía en que cada tarde debía de leer a mi papá Don quijote de la mancha. Empezaba siempre igual: “En un lugar de la Mancha …” Me sé de memoria la primera página; creo que ni siquiera llegaba a la cuarta, me quedaba justo cuando mencionaban a Rocinante y papá ya estaba roncando. Así terminando la gran acción del día, podía ir a disfrutar el premio y me zambullía en los juegos infantiles de esos años.
Cuando llegué al colegio y ya todas, adolescentes hablando del amor y de los príncipes azules, me vi empujada a buscar el refugio en los libros. Siempre creí que no actuaba como las demás; no consideraba tema de interés las mariposas en los estómagos de mis compañeras ni sí fulanito estaba con ella o le había engañado con tal persona. Eran temas muy alejados para mí, y así como yo veía raro todo ese mundo adolescente, con el tiempo me fui volviendo en la rara del salón. Hasta que una vez alguien comento que era así porque seguramente me había pasado algo grave; ese comentario fue la gota que rebalso el vaso y nunca más quise participar de conversaciones intimas en grupo.
Aquí, entre nos, nunca me sentía entendida en ese espacio escolar. Mientras yo recorría el rio Sena de la mano de Jean Valjean o emocionada descubría a viernes, el mejor amigo de Robinson Crusoe, ellas alistaban con entusiasmo sus vestidos para el baile de promoción. Con el tiempo los libros se fueron convirtiendo en mi pared de resguardo y refugio, donde encontraba consejos gratuitos y conocía mundos ajenos de heroínas y personajes siniestros.

Soy Lorenza, nací en la ciudad del Cusco en el año 1990. Crecí rodeada de cultura y tradiciones que marcaron mi manera de ver el mundo. Elegí la enfermería como profesión pero en el camino descubri que escribir es mi pasión.

