Por: Mariana Miguélez
Chiquita linda, te obsequio este libro que escribió un piloto como tu papá. Si no te gusta que te lo regale yo, siendo un adulto, piensa que te lo da el niño que un día fui. Te ama, Jesús.
30 de abril de 1995.
Mi papá me regaló mi primer libro un poco antes de cumplir siete años de edad, cuando ya se había ido de la casa. “El Principito” de Antoine de Saint-Exupéry, una historia con la que seguramente una gran parte de niñes incursionó en la lectura, y así lo hice yo también. Llevaba mi libro a la escuela para avanzar unas cuantas páginas después de acabar mis ejercicios de matemáticas o de copiar en mi cuaderno algún tema que la maestra había escrito en el pizarrón. Me apuraba para sacar de mi mochila ese libro escrito por un piloto como mi papá y leer sobre la boa abierta y la boa cerrada.
Lo leía a escondidas porque a la maestra no le gustaba que tuviéramos otro material que no se relacionara con sus clases. Incluso un día me sacó del salón por leer. Como Saint-Exupéry decía en su libro: los adultos no entienden nada, ven esa boa cerrada y creen que es un sombrero. Así que me sentía una rebelde por “hacer algo prohibido” y desde entonces leer se convirtió en mi pasatiempo y también en mi resistencia.
Después leí “Oliver Twist” de Charles Dickens y libros sobre ballenas, planetas y plantas que le rogaba a mi mamá comprarme en ferias de libro de la escuela. Cada vez que leía, imaginaba compartir con mi papá mundos fantásticos que salían de las páginas. Cuando cumplí once años, me regaló otro libro que me marcó, como seguramente a miles de niñas: El diario de Ana Frank. Mariana, me da mucho gusto que te intereses en la lectura, pues ésta es uno de los caminos más eficaces para aprender diversas culturas. Te quiere, tu papá. Julio de 1999.
Mi padre me leyó el prólogo del libro entre lágrimas y fue la primera vez que oía del Holocausto, de los judíos, de los escondites y de los campos de concentración. Pero más que una parte de la historia, me enseñó que Ana Frank sentía por las palabras lo mismo que yo sentía: una rara, y quizá contradictoria, combinación entre libertad y compañía. Crecí y me fui dando cuenta de que hice de la lectura no solamente un hábito, sino un refugio donde siempre podía encontrar a mi papá, aunque estuviera lejos.
Cuando mi padre murió, hace unos años, no tuve tiempo de hacer una revisión crítica de sus cosas ni de sus libros. No pude llevármelos todos conmigo. Tuve que elegir de entre su enorme colección sólo unos cuantos. Vi algunos títulos, algunos autores, algunas páginas señaladas y con anotaciones. Hice un escrutinio escueto y azaroso para decidir cuáles llevaría. Uno de ellos era una elección obvia: “La borra del café” de Mario Benedetti, el último libro que mi papá compró y que apenas comenzaba a leer cuando hubo que internarlo en el hospital. Entre cables conectados a aparatos y la mascarilla de oxígeno que no lo dejaba hablar, yo le leía a Benedetti en voz alta. En sus últimos días estaba casi inconsciente, pero yo le seguía leyendo. “¿Y su papá sí la escucha?” Me preguntó una señora que cuidaba a su esposo en la cama de junto. “Sí, claro que sí”, le respondí.
A los pocos días de su muerte, aún tenía sus libros en una pila sin organizar. “Verás que tu papá te va a mandar mensajes todo el tiempo; algo que sólo tú y él entenderían” me decía una amiga que había perdido a su padre poco tiempo atrás. Sonreí, un poco escéptica, porque yo nunca he creído en esas cosas. Pero una madrugada, con insomnio, fui al montón de libros y saqué uno al azar buscando alguna señal. Era de Borges, su escritor favorito. Lo abrí en una página cualquiera y leí:
“The unending gift” (El regalo infinito)
[…] Sé que ha muerto. Sentí como otras veces tristeza y la sorpresa de comprender que somos como un sueño. […] Pensé en una cosa, ahora es ilimitada incesante, capaz de cualquier forma y cualquier color y no atada a ninguno. […] Existe de algún modo. Vivirá y crecerá como una música, y estará conmigo hasta el fin. […] También los hombres pueden prometer, porque en la promesa hay algo inmortal. (Mi énfasis).
Sinceramente, no sé si en verdad mi papá me mandó ese mensaje desde “el más allá” o si fue mi cabeza tratando de encontrar patrones y darle significado a algo que no existe. Pero lo cierto es que aún lo siento en sus libros y en los míos, y hasta en aquellos que seguramente hubiera reprobado su fino y exigente gusto de lector empedernido. Sin duda, una de las cosas más bonitas que me dio mi padre fue la lectura, donde lo sigo encontrando y que hoy me acompaña con más libertad que nunca.

Escribo desde la intersección entre lo íntimo, lo social y lo político, lo personal y lo comunitario. Soy autora principalmente en el ámbito académico en donde me he desarrollo profesionalmente. Sin embargo, mantengo una relación estrecha con la escritura creativa desde un lugar de gozo, libertad y reflexión.

